OPINIÓN, ANDILIS ALMONTE.- Este 16 de julio, la República Dominicana conmemora el 188.º aniversario de la fundación de La Trinitaria, el movimiento clandestino que sembró las bases ideológicas de la independencia nacional. Sin embargo, más allá de las ofrendas florales y los discursos solemnes en los monumentos patrios, historiadores, educadores y líderes de opinión invitan a reflexionar sobre la vigencia de su legado bajo una pregunta clave para el presente: ¿Qué significa tener «mente trinitaria» en la sociedad actual?

Lejos de ser un concepto de museo, la «mente trinitaria» se perfila hoy como una filosofía de civismo activo, necesaria en un contexto nacional marcado por el descontento social, el bombardeo informativo y las demandas ciudadanas insatisfechas.

En una era donde la desinformación corre más rápido que la verdad y el descontento colectivo está a flor de piel, el primer pilar de la mente trinitaria es el ejercicio del pensamiento crítico. Así como Juan Pablo Duarte y sus compañeros cuestionaron el statu quo y las narrativas impuestas por el gobierno de ocupación, el ciudadano de hoy está llamado a no ser un receptor pasivo.

En 1838 no existía WhatsApp para convocar a una reunión, ni Twitter para denunciar un abuso, ni Instagram para viralizar una causa. El panorama de la comunicación era radicalmente distinto y sumamente adverso:

  • El «boca a boca» bajo vigilancia: Para comunicarse, debían verse frente a frente, asumiendo el riesgo de ser delatados en una ciudad donde el gobierno de ocupación tenía espías en cada esquina.
  • La genialidad de las «células»: Su sistema de reclutamiento (el de las células de tres personas) fue una obra de arte de la estrategia. Si un miembro era capturado, solo conocía a su reclutador y a sus dos reclutados directos; el resto de la organización permanecía a salvo en las sombras.
  • El arte como canal: Ante la falta de medios de difusión, fundaron la sociedad La Filantrópica para hacer obras de teatro. Ese era su «medio de comunicación» para despertar la conciencia de la gente sin levantar sospechas directas de las autoridades.

De la queja a la acción

El movimiento de 1838 no se limitó a la queja pasiva en las esquinas de la antigua ciudad de Santo Domingo; se caracterizó por la planificación, la estrategia y la acción. En la actualidad, la frustración ante las deficiencias en los servicios públicos, la falta de oportunidades o el costo de la vida es una realidad palpable. Sin embargo, el legado trinitario invita a canalizar esa energía de manera constructiva.

Ejercer una «mente trinitaria» en el siglo XXI se traduce en:

  • Cumplimiento del deber cívico: Desde respetar las leyes de tránsito y cuidar los espacios públicos, hasta ejercer un trabajo profesional con honestidad y ética.
  • Involucramiento comunitario: Participar activamente en juntas de vecinos, colectivos sociales, proyectos educativos o iniciativas medioambientales.
  • Exigencia responsable: Fiscalizar a las autoridades y exigir transparencia en la gestión pública con propuestas y base legal, superando el desahogo estéril de las redes sociales.

Hacer una revolución en la era analógica, donde una carta escrita a mano podía tardar días en llegar al interior del país, requería de una disciplina, una lealtad y una convicción de hierro. En un panorama que a menudo invita al escepticismo, poseer este enfoque es negarse a aceptar que el país no tiene solución. Pensar como trinitario es mantener el compromiso con el desarrollo de la nación, bajo la premisa de que las grandes transformaciones institucionales y culturales siempre comienzan con la determinación de una minoría consciente y decidida.

En definitiva, tener «mente trinitaria» hoy es entender que la soberanía y la construcción de la patria son tareas inconclusas que se defienden diariamente a través del civismo, la educación y el trabajo honesto.