OPINIÓN, ANDRÉS A AYBAR BAEZ, PARA 7 SEGUNDOS.- La viudez no llega con manual. Llega como un golpe seco que parte la vida en dos: el “antes” que ya no volverá y el “después” que uno no pidió, pero que debe aprender a caminar. En estos primeros siete meses, he descubierto que la viudez es un aprendizaje cotidiano, un día a la vez, en el que cada paso tiene su propio peso emocional. No es un proceso lineal: hay días de profunda calma y otros de un vacío espiritual que parece no tener fondo. He entendido que el dolor no se supera, se amortigua. Y para amortiguarlo, uno debe construir una estructura de vida distinta, nueva, honesta y sostenida en pequeñas anclas que te regresan a la realidad y te protegen de la tristeza.

Cada quien encuentra su refugio. En mi caso, ha sido el golf, una actividad que me obliga a salir, a moverme, a respirar aire fresco y a mantenerme conectado con mis amigos. Ellos, sin saberlo, han sido parte esencial de mi sanación: una conversación entre hoyos, una risa espontánea, un comentario sencillo que te devuelve por un momento a la normalidad. La amistad es un pilar silencioso pero firme. Sin amigos el duelo es un laberinto más oscuro. Otro aprendizaje ha sido la importancia de hablar con mis hijos. No siempre hablamos del dolor; a veces hablamos de la vida, de los nietos, de lo cotidiano. Pero esa conexión constante ayuda a que la soledad no se convierta en aislamiento. La viudez enseña que la familia no te quita el dolor, pero sí te acompaña dentro de él.

He comprobado que el cerebro vacío es el peor enemigo del viudo. Cuando la mente toma control sin dirección, te arrastra a recuerdos y culpas que no llevan a nada. Por eso, me he mantenido activo: doy clases virtuales dos veces a la semana, sigo mis lecturas, escribo, veo óperas, manejo los procesos administrativos y domésticos, viajo cuando puedo y me mantengo ejercitándome. No es huir. Es sobrevivir. Tener una estructura doméstica organizada también es fundamental: personal confiable, rutinas claras y orden en la casa permiten reducir el estrés y concentrarse en el proceso emocional.

Los chequeos médicos son imprescindibles. El cuerpo siente la ausencia, la ansiedad y el cansancio. La viudez no es solo emocional; también es biológica. Y, junto con la salud física, la fe ha sido mi ancla. Orar, ir a misa cuando puedo y sentir la presencia del Señor me ha permitido encontrar una paz interior necesaria para seguir adelante. La fe no elimina el dolor, pero lo hace llevadero.

También he aprendido a convivir con la soledad sin renunciar al mundo. Uno está solo, sí, pero no aislado. La comunicación con amigos, las redes sociales, los encuentros cotidianos y las actividades personales mantienen el vínculo con la vida. Y un consejo importante para quienes pasan por este camino: no tratar de llenar el vacío con otra persona. El corazón recién herido está demasiado frágil. Buscar compañía apresurada no sana; profundiza la herida. Todo tiene su tiempo, y ese tiempo lo define Dios, no la prisa ni el miedo.

Hoy sé que la viudez no se supera: se aprende. Es un proceso autodidacta en el que uno se convierte en maestro de su propio duelo. Pero en medio del dolor, también hay gratitud por haber amado y haber sido amado. Esa certeza me permite seguir caminando con fe, con dignidad y con la conciencia de que la vida, aunque distinta y más silenciosa, continúa. Hasta ahora, el mejor camino que he encontrado es mantener la fe, cultivar la amistad, conversar con la familia, ocupar la mente, cuidar el cuerpo y vivir un día a la vez.