OPINIÓN, ANDRÉS AYBAR BÁEZ, para 7 SEGUNDOS.- Desde la grada de la política internacional observamos con asombro cómo el presidente Donald Trump insiste en desplegar un discurso de confrontación que busca humillar a actores claves como Rusia, China, India y Corea del Norte. Lo que parece una estrategia de fuerza, en realidad está generando el efecto contrario: estos países, lejos de intimidarse, comienzan a consolidar un frente común con otras naciones que buscan frenar las pretensiones hegemónicas de Washington.

Trump actúa como si fuese invencible, pero está cometiendo errores geopolíticos de gran magnitud. Olvida que los tiempos de supremacía absoluta de Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial ya pasaron. Hoy existen contrapesos reales: bloques regionales fortalecidos, alianzas estratégicas, acuerdos energéticos y financieros que se articulan al margen de la influencia norteamericana.

El riesgo de esta actitud no es menor. El lenguaje de imposición, en lugar de fortalecer a Estados Unidos, alimenta la percepción de un país aislado, incapaz de leer los cambios en el tablero global. Con ello, se siembra una incertidumbre inédita en la comunidad internacional, que recuerda más a un escenario de división profunda que a un orden mundial estable.

El desafío de la Casa Blanca debería ser la construcción de consensos y el respeto a la multipolaridad, no la descalificación pública de potencias que hoy tienen la capacidad de impactar decisivamente en la economía, la seguridad y la estabilidad mundial. Si Trump no rectifica, las consecuencias podrían ser severas para los propios intereses de Estados Unidos, debilitando su liderazgo y alentando la consolidación de un bloque de oposición global.

El mundo de 2025 exige realismo, diplomacia inteligente y cooperación estratégica. La soberbia puede ser un arma peligrosa, y más aún cuando lo que está en juego es el equilibrio de la paz internacional.