OPINIÓN ANDRÉS AYBAR BÁEZ PARA 7 SEGUNDOS MULTIMEDIA. Este artículo nace de una conversación de WhatsApp con mi amigo José Báez Guerrero, de esas que, sin proponérselo, remueven ideas y obligan a ponerlas por escrito.
Parafraseando a Juan Pablo Duarte, puede decirse sin exageración que la inteligencia sin humildad termina siendo un azote, y que la probidad —esa virtud discreta pero esencial— es igualmente indispensable para la vida pública y privada de una nación.
Nuestro país no ha carecido de inteligencia. Todo lo contrario. En la política, en la comunicación, en las profesiones liberales, en la academia y en el empresariado, abundan personas brillantes, preparadas, elocuentes, con títulos, tribunas y micrófonos. Sin embargo, demasiadas veces esa inteligencia ha venido acompañada de soberbia, vanidad o desprecio por el otro. Y ahí es donde comienza el daño.
El intelectual sin humildad deja de escuchar. Cree que saber es suficiente, que tener razón lo autoriza a imponer, a humillar, a descalificar. Confunde firmeza con arrogancia, convicción con dogmatismo. Se enamora de su propia voz y pierde contacto con la realidad humana que dice defender.
En la comunicación pública lo vemos a diario: opinadores que sustituyen el análisis por la burla, la denuncia responsable por el linchamiento moral, la crítica constructiva por la exhibición del ego. En la política, figuras técnicamente competentes fracasan no por falta de ideas, sino por incapacidad de reconocer errores, de dialogar, de entender que el poder sin ética se vuelve estéril. En las profesiones liberales, la falta de humildad ha erosionado confianzas, instituciones y reputaciones que tomaron décadas construir.
Duarte entendía algo que seguimos olvidando: la inteligencia debe estar al servicio del bien común, no del lucimiento personal. Y para eso, la probidad es el ancla. Sin honestidad intelectual, sin coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, la inteligencia se convierte en herramienta de daño, no de progreso.
Este no es un señalamiento abstracto. Cada uno de nosotros puede pensar en nombres, en rostros, en episodios donde el exceso de ego ha costado oportunidades al país: reformas mal conducidas, debates envenenados, proyectos frustrados, divisiones innecesarias. El daño no siempre es inmediato, pero es profundo y acumulativo.
Por eso, más que exigir líderes inteligentes, debemos exigir líderes humildes y probos. Y más aún: debemos practicarlo en lo cotidiano. Porque la patria no se construye solo desde los cargos, sino desde la forma en que debatimos, discrepamos, enseñamos y servimos.
La humildad no debilita la inteligencia; la ennoblece.
La probidad no limita el talento; le da sentido.
Y sin ambas, como bien intuyó Duarte, la inteligencia deja de ser virtud para convertirse en azote.
