Durante los últimos años, se ha construido un relato sobre la juventud dominicana en el que se la presenta como apática, desinteresada de los asuntos políticos y atrapada en su propia “burbuja”, ajena a la realidad social que les rodea. Sin embargo, esta interpretación merece una revisión más profunda: al analizar los espacios donde los jóvenes realmente participan y alzan la voz, se observa que su aparente “indiferencia” no es una expresión de egoísmo, sino una forma de resignación frente a un sistema político percibido como lejano, poco representativo, que decide aplastar sus luchas sociales, alejarse de sus necesidades y poner en riesgo la democracia.

La idea de que la juventud no se interesa por la política surge principalmente de indicadores tradicionales de participación: menos votos, menos militancia y menor presencia en estructuras partidarias. Partiendo de esa mirada, se ha construido el relato de una generación apática. Un estudio realizado por la Asociación Nacional de Jóvenes Empresarios (ANJE) indica que solo un 14% milita en algún partido político y el 12% decidió no responder. Estos datos han alimentado el mito de una generación apática. Sin embargo, esta mirada deja fuera una parte esencial de la realidad: la política ha cambiado, y los jóvenes también.

Todo aparenta que el desencanto profundo es con los partidos tradicionales, con el sistema convencional que está dejando de contemplarlos y tomar en cuenta sus opiniones desde los  espacios participativos: el 76 % de los jóvenes dominicanos menores de 25 años declaró no sentirse identificado con ninguna organización política formal, y más de dos tercios rechazan la idea de militar en una, según una encuesta realizada por la firma Acierto Consultores Estratégicos. Esto no implica apatía absoluta, sino una clara fractura entre la juventud y las estructuras partidarias tradicionales

Muchos jóvenes se mantienen atentos y participando desde sus propias plataformas, con activismo social, plataformas digitales, organizaciones de base y participación comunitaria; espacios que no son tomados en cuenta para las decisiones importantes que se requieren, pero existen. Un ejemplo claro de esto es que en las elecciones generales de mayo de 2024, al menos un 56.3 % de los jóvenes inscritos entre 18 y 25 años acudió a las urnas, una participación superior a la registrada en otros grupos etarios, según datos publicados por el periodista Cristian Cabrera en Listín Diario con su artículo «los jóvenes sí votan». Esto demuestra que, cuando existe una opción percibida como relevante, la juventud sí decide ejercer su derecho a elegir.

Si partimos de los datos, queda claro que no se trata de indiferencia juvenil, sino de un sistema partidario que no ha logrado adaptarse a los nuevos tiempos ni a las formas contemporáneas de participación. Existe liderazgo joven con talento, potencial y propuestas innovadoras; sin embargo, ese capital humano suele quedar relegado cuando no se enmarca dentro de la militancia formal. Pareciera que el sistema político dominicano ha estado históricamente anclado a liderazgos tradicionales y a estructuras partidarias poco permeables a la renovación real, lo que limita la incorporación de nuevas voces y restringe la evolución democrática.

Frente a este escenario, muchos jóvenes han optado por distanciarse de la política formal  sin abandonar el compromiso social. Su participación se canaliza mediante iniciativas comunitarias, activismo digital, movimientos sociales y causas específicas que consideran más coherentes con sus valores y prioridades. Esta forma de involucramiento, lejos de evidenciar apatía, pone de manifiesto una reconfiguración de la participación ciudadana y una respuesta crítica a un sistema que no ha logrado representar sus demandas ni adaptarse a sus formas de organización.

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Entonces, ¿dónde están esos jóvenes?

Hoy, la juventud se moviliza desde otros escenarios: redes sociales, causas puntuales, protestas espontáneas y debates digitales. Se involucra más por temas que por ideologías, y más por urgencias concretas que por estructuras permanentes. La participación ya no pasa exclusivamente por la militancia formal, sino por espacios donde la voz individual puede amplificarse y generar conversación pública.

Desde sus propias plataformas, influencers y personalidades digitales han asumido un rol activo en el debate político y social. Un ejemplo actual es Milo K, conocido popularmente como “Bendito Milo”, quien ha ganado notoriedad por sus críticas a la vida lujosa de políticos y funcionarios, costeada a raíz de tratos corruptos. Bajo el lema “el pueblo paga”, ha convertido el humor en una herramienta de crítica social, evidenciando cómo las nuevas generaciones utilizan formatos digitales para fiscalizar y cuestionar al poder. En la misma línea se encuentra Miguel Jiménez, identificado en redes como “Asuratek”, quien ha convertido sus plataformas digitales en espacios de denuncia e investigación sobre decisiones políticas que, a su juicio, afectan el patrimonio público y la calidad de vida de los dominicanos.

“Hace poco más de un año, el ruido de los medios venía con un silencio implícito; mientras más hablaban, menos comunicaban… Al final, solo digo lo que veo”, afirma. Sobre qué lo impulsa a continuar en un escenario que muchas veces parece adverso, sostiene: “Muchos jóvenes sienten que el país no va bien y que tenemos que hacer algo, pero no los escuchan o no saben cómo. Los jóvenes no me siguen a mí; siguen la idea de una mejor República”.

Jiménez describe la reacción del sistema como “casi inmunológica”: “Muchas figuras que parecían ser pueblo solo usaban un disfraz; hacen lo mínimo para mantener la esperanza y lo necesario para regular la indignación; son actores, y nosotros les creímos”, expresa. Para él, existen “dos tipos de gobierno: el que se ve y el que no”, siendo este último el más determinante.

“Muchos iniciaron luchando por un país mejor, defendiendo la verdad, pero al final su lucha se convirtió en su disfraz y terminaron introyectando aquello que despreciaban”. Con una metáfora resume su desencanto: “¿Alguna vez pusiste el GPS y fuiste en la dirección contraria? Pues así se ve el pueblo cuando dice querer su mejoría, pero camina con entusiasmo hacia su perdición; cuando los mismos que quieres defender se atrincheran contra ti porque no te entienden; no creen en tus palabras porque ni ellos cumplen las de ellos; no creen en los hombres, porque son hombres… Lo que más me desanimó fue perder mi inocencia”, concluyó.

En conclusión, Asuratek, como otros jóvenes interesados han percibido como la reacción del sistema ante estas nuevas formas de involucramiento suele ser defensiva. Como un organismo que rechaza lo que percibe extraño, tiende a desacreditar o minimizar voces que no encajan en su estructura tradicional.

Viendo estos escenarios, ese “distanciamiento” juvenil no es inocuo; está alimentado por un sistema político que se resiste a reestructurarse para responder a las nuevas generaciones. Cuando una parte significativa de jóvenes se aparta de la vida democrática, la participación ciudadana se reduce y el poder de decisión se concentra en círculos cada vez más estrechos. La democracia pierde diversidad, se envejece y se debilita. 

La renovación política y el anclaje de lo tradicional

En la práctica, el relevo político no siempre significa renovación real: con frecuencia el sistema se recicla a través de apellidos conocidos. Figuras como Omar Fernández, hijo del expresidente Leonel Fernández, o Tony Peña Guaba, hijo de José Francisco Peña Gómez, evidencian cómo distintos partidos reproducen dinámicas similares donde su misma descendencia, popularmente llamados “los hijos de”,  encuentran espacios con mayor facilidad que liderazgos emergentes sin capital político previo, lo que limita la participación e inclusión que den las mismas oportunidades al resto de los jóvenes.

La juventud en la República Dominicana está representada por una población aproximadamente 34.2%  menores de 35 años según datos de la Oficina Nacional de Estadística (ONE), lo que se traduce a que el futuro debe ir orientado a esas nuevas ideas, porque allí descansa el futuro. La falta de relevo generacional en la política que involucre a todos, no solo limita la innovación, sino que abre espacio a prácticas autoritarias, clientelistas o poco transparentes. 

Por tanto, la mal llamada apatía demuestra ser un síntoma social dentro del sistema que hoy existe, y es evidente que la lejanía de los jóvenes a estos paradigmas tradicionales puede provocar que la democracia se continúe fragmentando a través del sentimiento apático. Para el año 2024 la República Dominicana registró una abstención que supera el 82%, superando inclusive las elecciones del año 2020 en plena pandemia del COVID-19. La pregunta que nos hacemos los jóvenes radica en ¿Hacia dónde vamos si no hay sistema para las nuevas generaciones? ¿Cuál es la opción para verdaderamente canalizar la masa que busca soluciones a su cotidianidad? ¿Quién decidirá escuchar y accionar con toda la juventud sedienta de aportar a su país? ¿Seguirá este síntoma social poniendo en riesgo la democracia de la República Dominicana?