OPINIÓN, ANDRÉS AYBAR BÁEZ, PARA 7 SEGUNDOS.- Hay momentos en la historia en los que uno se detiene y se pregunta si realmente hemos avanzado o si simplemente hemos cambiado de vestimenta mientras repetimos los mismos errores. La actual escalada de tensiones entre Irán, Israel y Estados Unidos nos enfrenta a una realidad incómoda: vivimos en el siglo XXI con tecnología de punta, pero con conflictos que parecen sacados de la Edad Media.

Resulta inconcebible que, después de tantos años de construcción institucional, avances científicos y desarrollo económico, el ser humano continúe recurriendo a la guerra como mecanismo de “corrección” del rumbo mundial. Es como si la humanidad, en momentos críticos, olvidara todo lo aprendido y regresara a sus instintos más primarios.

Hoy vemos líderes intentando resolver en meses lo que no se atendió durante décadas. Decisiones aceleradas, tensiones acumuladas y una cadena de errores históricos que ahora estallan en un escenario donde las consecuencias ya no son locales, sino globales. Porque esta vez no se trata solo de territorios o ideologías: se trata de estabilidad económica, seguridad internacional y, sobre todo, vidas humanas.

Y ahí está la mayor contradicción: hablamos de progreso mientras aumentan las muertes; defendemos la civilización mientras justificamos la destrucción; proclamamos valores mientras permitimos que el mundo se acerque peligrosamente al caos.

El impacto no se limita a los países directamente involucrados. El mundo entero siente las ondas de choque: mercados inestables, incertidumbre energética, tensiones políticas y una creciente sensación de inseguridad colectiva. La globalización, que nos prometía interconexión y desarrollo, hoy también nos expone a los errores de cualquier conflicto.

Lo más preocupante no es solo la guerra en sí, sino la confusión moral que la rodea. Una humanidad dividida, saturada de información pero carente de claridad, donde cada quien justifica su posición mientras el sufrimiento humano queda en segundo plano. Nos hemos vuelto expertos en argumentar, pero pobres en comprender.

Este momento histórico nos obliga a reflexionar con humildad. No basta con señalar culpables ni con alinearse automáticamente a uno u otro lado. La verdadera pregunta es más profunda: ¿en qué momento perdimos la capacidad de aprender de nuestra propia historia?

Porque si después de siglos de guerras, tratados, reconstrucciones y promesas de “nunca más”, seguimos cayendo en los mismos patrones, entonces el problema no es geopolítico… es humano.

Quizás la respuesta no esté únicamente en los grandes acuerdos ni en las decisiones de los poderosos, sino en recuperar valores fundamentales que parecen haberse diluido: el respeto por la vida, la prudencia en el poder y la responsabilidad colectiva.

La humanidad no necesita más victorias militares; necesita victorias morales.

De lo contrario, seguiremos avanzando en tecnología… pero retrocediendo en humanidad.