OPINIÓN ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ, 7 Segundos Multimedia.- Hablar de Héctor Rizek Llabaly es referirse a una generación de empresarios dominicanos formados en la disciplina del trabajo, la prudencia en la inversión y el respeto por la palabra dada. Hombre de profundas raíces en San Francisco de Macorís, representaba esa clase empresarial que no necesitaba hacer ruido para hacerse sentir. Su presencia era firme, su trato directo, y su manera de actuar siempre dejaba entrever un sentido claro de responsabilidad.

La crisis bancaria del 2003 no fue simplemente un colapso financiero; fue una fractura de confianza en todo el sistema. El país entero vivió una especie de sacudida moral y económica donde se mezclaron errores, excesos, omisiones y decisiones tardías. En medio de ese torbellino, instituciones que no necesariamente eran el epicentro del problema quedaron atrapadas por el efecto contagio, y el Banco Mercantil no fue la excepción. Como suele ocurrir en estos episodios, la narrativa pública simplificó lo complejo, asignando etiquetas rápidas a una realidad mucho más matizada.

Fue en ese contexto donde mi relación con don Héctor adquirió una dimensión distinta. Recuerdo con claridad una visita a su residencia en San Francisco de Macorís luego de los eventos más álgidos de la crisis. No era un momento cómodo. Había incertidumbre, había tensión y, sobre todo, muchas interrogantes flotando en el ambiente. Sin embargo, lo que encontré en él no fue confrontación ni reproche desbordado, sino algo que hoy valoro aún más: altura.

Don Héctor cuestionaba, sí, pero desde el respeto. Buscaba entender lo sucedido sin caer en descalificaciones fáciles. En un momento en que muchos optaron por el ruido, por la acusación ligera o por el juicio apresurado, él eligió el camino más difícil: el del diálogo sereno entre personas que, aun en desacuerdo, se reconocen como interlocutores válidos. Aquella conversación, lejos de ser un enfrentamiento, fue un ejercicio de madurez y de responsabilidad.

La historia oficial de la crisis del 2003 ha tendido a dividir el escenario entre culpables visibles y víctimas invisibles, pero la realidad fue mucho más compleja. Hubo fallas graves en algunas instituciones, decisiones cuestionables en distintos niveles y una reacción que, en ocasiones, llegó tarde. También hubo actores que, sin haber provocado el colapso, terminaron pagando costos que no necesariamente les correspondían en su totalidad. En ese espacio gris, donde pocas veces se detiene la narrativa pública, se encuentran historias como la de Héctor Rizek Llabaly

El país necesitaba respuestas rápidas y, en esa urgencia, se dejaron de lado matices importantes. Se construyeron relatos convenientes y se olvidaron otros. Pero detrás de los números, de los informes y de las decisiones de política, había personas, familias y trayectorias que merecen ser entendidas en su justa dimensión.

Don Héctor no fue un hombre de titulares ni de escándalos. Fue un hombre de trabajo constante, de relaciones cultivadas en el tiempo y de una cercanía humana que marcaba a quienes lo trataban. Cada encuentro con él, tanto en la capital como en su tierra, estaba cargado de un trato afable y de una atención genuina hacia mi familia, hacia mis hijos y hacia mi esposa. Esos gestos, que no aparecen en los balances ni en los reportes, son los que realmente definen a una persona.

En un país donde muchas veces se confunde el éxito con la estridencia, su figura representa lo contrario: la sobriedad, la decencia y la coherencia. La crisis del 2003, con todo su peso histórico, también debe ser revisitada desde estas historias menos contadas, porque en ellas hay lecciones que no caben en un informe técnico.

A la distancia, lo que queda de aquel encuentro y de esa etapa es una reflexión sencilla pero profunda: en los momentos de mayor presión es cuando se revela el verdadero carácter de los hombres. Don Héctor eligió la altura, el respeto y el entendimiento. Y esa es, quizás, la parte de la historia que vale la pena contar.

Descanse en Paz. Misión Cumplida.