
OPINIÓN, ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ.- He seguido con marcado interés las resoluciones de Patrimonio Cultural que, con el paso de los años, han contribuido —aunque con buena intención— a la paulatina arrabalización de Gazcue. Estas declaratorias, lejos de preservar el valor histórico del sector, han deprimido el precio de los inmuebles, sin que el Estado asuma la responsabilidad de adquirirlos o restaurarlos como patrimonio nacional. El resultado ha sido una parálisis urbana disfrazada de protección cultural.
Después de la reciente visita de la alcaldesa Carolina Mejía y su encuentro con las juntas de vecinos de Gazcue y sectores colindantes, sentí la necesidad de visitar la casa de mi abuela materna, también declarada patrimonio cultural. Lo que encontré me produjo pena y vergüenza ajena: el actual propietario, hombre serio y trabajador, ha tenido que levantar una estructura moderna de concreto que envuelve la vieja casona —un intento desesperado por cumplir con las restricciones impuestas sin destruir lo que, irónicamente, ya estaba condenado a desaparecer. Tras una puerta de vidrio aún se distingue la antigua escalera, casi como un recuerdo atrapado entre muros que simbolizan la incoherencia de nuestra política patrimonial.
Esa casa fue propiedad de mi abuelo Osvaldo Báez, uno de los hijos reconocidos de Buenaventura Báez, y en ella mi abuela Sarah López Penha Marchena crió a todos sus hijos. Hoy, ver ese símbolo familiar convertido en una reliquia atrapada en cemento me impulsa a reflexionar: ¿es así como queremos “preservar” nuestro legado?

No se trata de irrespetar la historia ni el valor arquitectónico de Gazcue, sino de entender que la verdadera preservación requiere recursos, coherencia y visión urbana, no resoluciones vacías que asfixian a los propietarios e inhiben la inversión. Si el Estado no puede ni pretende adquirir estos inmuebles, es injusto condenar a sus dueños a vivir bajo normas que ya no tienen sentido práctico.
Gazcue necesita una política moderna de regeneración urbana, que combine respeto por su historia con apertura a la inversión responsable. Mantener una ficción patrimonial sin recursos ni propósito solo genera abandono, desigualdad y fealdad. Es hora de dejar de soñar con pajaritos volando y permitir que Gazcue vuelva a ser el barrio emblemático y elegante que una vez fue, con reglas claras, criterios realistas y respeto a quienes, con esfuerzo, aún apuestan por él.
