OPINIÓN, ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ.- Gazcue, otrora emblema de elegancia urbana en Santo Domingo, ha sido durante décadas el símbolo de un patrimonio que, en teoría, merecía ser preservado. Sin embargo, la realidad ha demostrado que las normativas de conservación mal aplicadas y desconectadas de la dinámica social del país han contribuido más a su deterioro que a su protección. Hoy, lo que Gazcue necesita no es más rigidez normativa, sino una visión renovadora que permita su modernización ordenada y con sentido social.

Desde los años posteriores a la Revolución de Abril de 1965, Gazcue ha visto cómo sus residencias fueron abandonadas o transformadas sin planificación, en parte porque las regulaciones impuestas pretendieron congelar en el tiempo una ciudad que había dejado de existir. Lejos de proteger su legado, estas normativas patrimoniales rígidas han trabado la inversión, estimulado la informalidad y han convertido al sector en un mosaico de contradicciones: residencias en ruinas al lado de torres irregulares; calles abandonadas junto a oficinas improvisadas; y vecinos que luchan por adaptarse a un modelo urbano que simplemente ya no responde a sus necesidades.

Es momento de reconocerlo: el intento de preservar un Gazcue de los años 40 o 50 ya no es viable. La “ciudad jardín” que fue, no volverá. Y no porque no se le quiera, sino porque se le impidió evolucionar. La normativa de uso de suelo ha fracasado en brindar soluciones reales a los residentes, a los emprendedores y a los ciudadanos que apuestan por revitalizar el barrio. No se puede proteger lo que no se vive. No se puede conservar lo que no se habita.

Lo que Gazcue necesita es una transformación inteligente: una normativa urbana moderna que reconozca su ubicación privilegiada, que incentive desarrollos mixtos, con respeto a su historia pero con mirada al futuro. Que permita construir sin destruir, que regule sin ahogar. Que promueva una densidad adecuada, servicios eficientes, áreas verdes reales, y que devuelva el dinamismo al sector.

El renacimiento de Gazcue no llegará desde un decreto que ignore su realidad, sino desde una planificación valiente que acepte que el patrimonio más valioso de un barrio no son solo sus fachadas, sino su gente, su utilidad, y su capacidad de renovarse sin perder su alma.

Es hora de pasar la página del lamento y de asumir el reto del cambio. Modernizar Gazcue no es destruirlo: es darle la oportunidad de vivir nuevamente.