OPINIÓN, ANDRÉS AYBAR BÁEZ, PARA 7 SEGUNDOS.- El artículo publicado hoy, 25 de febrero de 2026, en el Listín Diario, titulado “La semana de Abinader”, firmado por J.C. Malone, describe con agudeza el momento político que vive el presidente Luis Abinader.
El análisis de Malone plantea un retrato crítico de una etapa compleja: desgaste natural, tensiones internas y el inevitable inicio de la carrera hacia el 2028. Pero más allá de la crítica —que es válida en democracia— hay una verdad contundente que debemos reconocer: si las cosas mejoran para Abinader, ganamos todos.
No se trata de simpatías partidarias. Se trata de estabilidad institucional. Cuando un presidente logra cohesión y dirección estratégica en su tramo final, la economía respira y la sociedad se estabiliza. Cuando el liderazgo se debilita prematuramente, la incertidumbre se convierte en costo social y económico.
El fenómeno del lame duck —término político estadounidense para describir al mandatario en su segundo período sin posibilidad de reelección— no es solo teórico. Es humano. Funcionarios que comienzan a mirar hacia 2028, aliados que ensayan nuevas lealtades y agendas personales que se superponen a la agenda presidencial. Salvo honrosas excepciones, aparece la tentación de saltar del barco antes de que termine la travesía.
Y ahí surge la soledad del poder.
El propio presidente se colocó candados institucionales: fortaleció la independencia del Ministerio Público, limitó prácticas tradicionales de control político y elevó estándares éticos que restringen maniobras que antes eran habituales. Gobernar con reglas más estrictas es más difícil, pero también es más digno. La incomodidad no es necesariamente debilidad; puede ser evolución democrática.
Mientras tanto, el país enfrenta retos que no esperan calendarios electorales:
•El impacto de la inteligencia artificial sobre el empleo y la educación.
•Los aranceles y tensiones comerciales con nuestro socio del norte.
•La presión migratoria.
•El déficit eléctrico estructural.
•La necesidad de modernizar el Estado.
En ese contexto, el pesimismo no construye. La crítica sí, pero acompañada de responsabilidad colectiva.
Podemos señalar errores sin apostar al fracaso. Podemos exigir resultados sin desear el colapso. Podemos advertir debilidades sin convertirlas en sentencia anticipada.
La reflexión de Malone nos invita a analizar el momento con seriedad. La nuestra debe ir un paso más allá: apostar a que este segundo tramo presidencial encuentre foco, reorganice prioridades y produzca resultados concretos. Porque el fracaso del gobierno no sería una victoria de nadie; sería una factura que pagaríamos todos.
El poder, en su fase final, suele aislar. Pero también puede liberar al gobernante de cálculos electorales y permitirle concentrarse en el legado.
La historia dominicana demuestra que los segundos períodos son complejos, pero no necesariamente estériles. Todo depende de liderazgo, ejecución y respaldo cívico.
No es cómodo el momento político. No es sencillo el panorama global. Pero precisamente por eso necesitamos madurez institucional y optimismo estratégico.
Entre la soledad del poder y la esperanza nacional, aún hay espacio para construir un cierre de gestión que fortalezca la democracia y estabilice el país.
Y si eso ocurre, no ganará solo Abinader. Ganará la República Dominicana.
