OPINIÓN, JABES RAMÍREZ.- Parte del suicidio que tenemos como sociedad consiste en reposar todas las problemáticas sobre la espalda de los políticos. El estilo del político dominicano es tener consigo una receta para todo. Y el estilo de nosotros, como votantes, es jugar el buen papel del paciente. Eso es una dinámica cíclica, una especie de bucle que lo único que hace es ahondar hasta en los detalles más básicos de una organización social. Por ejemplo: el caso de Faride Raful y Milton Morrison.
El PRM se inventó, para su mercadería política, una reforma policial. Una reforma policial que nació muerta. Es más, ni siquiera debió ser una posibilidad teórica en el marco de nuestra sociedad; no como se planteó. Ofertar una reforma como esa debe pasar por el cedazo de las características de una sociedad. No hay tal reforma policial cuando los aspectos que queremos exterminar de la Policía no son más que nuestros propios hábitos cívicos puestos en práctica desde una institución que los valida con un uniforme.
El dominicano compró la pócima. Compró una solución que nunca se entendió y no ha hecho su parte ni la hará. Un dominicano frustrado con su Policía, pero que en su cotidianidad disfruta de todas las conductas que espera no ver en una institución que recluta miembros de la propia sociedad. La parte complicada de la reforma policial es que la sociedad está dispuesta y sedienta de un cambio que no tiene sentido, porque la reforma a la Policía es, a la vez, una reforma social.
Pasado el caso de la reforma, la exigencia es el tema del tránsito. Pero el bucle se torna repetitivo nuevamente. El partido oficial vendió una receta cosmética; si acaso llegó a receta. Incluyeron en su diagrama comunicacional una especie de reforma al tránsito, solo que sin ese nombre. Y, últimamente, bajo la mira se encuentra el señor Milton Morrison, respaldado por una imagen complicada e insistiendo en algo que no existe.
Porque el tránsito no depende de un incumbente ni de una administración. Eso se lo inventaron quienes enseñaron a la sociedad a ver las soluciones desde un enclave mesiánico, donde todo tiene solución siempre que exista la presencia de un mesías solucionador. Sin embargo, la fórmula es igual. El dominicano aspira al cambio de una conducta en el tránsito, cuando el tránsito no es más que la manifestación del salvajismo que llevamos por dentro. El tránsito de un país es la cristalización de la educación que tenemos. Lo que le pueda molestar a usted del tránsito no es otra cosa que verse en el espejo con una falta de civismo que usted no proporciona, pero que espera que se la regale una administración de turno. Nada de eso tiene solución sin iniciativas colectivas, donde la conversación se oriente hacia la sociedad.
