OPINIÓN, ANDRÉS AYBAR BÁEZ, para 7 SEGUNDOS.- En la República Dominicana, la Presidencia parece más un ejercicio de administrar pobreza que de generar prosperidad. Basta con mirar el presupuesto nacional para comprobarlo: los ingresos no alcanzan para cubrir los gastos corrientes, mucho menos para impulsar las inversiones que demanda un país con tantas carencias acumuladas. El déficit es estructural y, ante esa realidad, el recurso más fácil ha sido endeudarse cada vez más, otorgar subsidios como paliativos y hacer promesas que rara vez se cumplen.

La consecuencia es una espiral peligrosa: el endeudamiento externo crece, los subsidios se convierten en parches temporales, y la deuda pública erosiona año tras año el presupuesto nacional. Lo más dramático es que la atención del gobierno se enciende solo cuando un programa de investigación periodística destapa un escándalo, mientras los problemas de fondo siguen aumentando en tamaño y complejidad.

Y uno se pregunta: ¿por qué tanto empeño en alcanzar la presidencia de la República si, en la práctica, se convierte en un rol de simple distribuidor de pobreza? El Estado reparte pescado en lugar de enseñar a pescar, creando una dependencia crónica que perpetúa la vulnerabilidad social.

Salir del polígono central de Santo Domingo y entrar en los barrios marginados es enfrentar esa realidad cruda: calles sin luz, agua insuficiente, arrabalización, basura acumulada, talleres improvisados en cada esquina y facturas eléctricas que no guardan relación con la calidad del servicio. A esto se suma la indignación de ver cómo, en la prensa, casos de corrupción se cierran con devoluciones de 50 millones de dólares y sentencias abreviadas, como si la impunidad fuera parte del sistema. ¿Estamos cayendo en una demencia colectiva o simplemente aceptamos resignados este deterioro?

La República Dominicana necesita retomar el rumbo. No podemos crecer como sociedad cuando uno de cada cinco dominicanos se convierte en exiliado económico, obligado a emigrar en busca de oportunidades que aquí se le niegan. No podemos aplaudir presupuestos que se financian con más deuda para cubrir gasto corriente en lugar de capital, un verdadero crimen contra el futuro del país. Es penoso ver a un presidente luchando contra molinos de viento, mientras muchos de sus funcionarios parecen espectadores indiferentes o, peor aún, protagonistas de malas prácticas que hunden más al Estado.

Hoy una parte significativa del presupuesto se destina únicamente al pago de intereses de la deuda, y con la devaluación del peso frente al dólar, necesitaremos aún más recursos para cubrir compromisos externos. El panorama se torna sombrío: cada cuatro años elegimos a un nuevo presidente que, con discursos cargados de demagogia, pretende aplacar la miseria con subsidios, mientras el tren de la corrupción sigue circulando sin freno.

La pregunta es inevitable: ¿Quién vendrá a salvarnos de este ciclo de empobrecimiento? Lo cierto es que, si no rectificamos, la nación se encamina hacia un callejón sin salida. A finales de mes, cuando el FMI presente su informe, tendremos quizás una radiografía más precisa de nuestra situación. Pero lo que no necesitamos es un diagnóstico externo: lo vivimos día a día, y lo sufrimos en carne propia.

La República Dominicana no puede seguir siendo un país donde gobernar signifique administrar pobreza. Necesitamos visión, responsabilidad y un liderazgo que enseñe a la gente a valerse por sí misma, que impulse el desarrollo en vez de contener la frustración con dádivas. Si no, el círculo vicioso seguirá girando y nos arrastrará a todos.