OPINIÓN, ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ, PARA 7 SEGUNDOS MULTIMEDIA.– Acabo de regresar de misa y, sentado en uno de esos bancos de madera de la iglesia, mi memoria se fue inesperadamente hacia otros bancos muy parecidos: los del Palacio de Justicia.

Qué curioso.

La misma madera. La misma dureza. La misma espera.

Pero qué distinta puede ser la vida dependiendo del banco donde uno esté sentado.

Durante los años de los procesos bancarios pasé incontables horas en aquellos bancos de los tribunales. Fueron tiempos de acusaciones, expedientes, audiencias, incertidumbre y persecución.

Quien nunca ha atravesado un proceso judicial prolongado difícilmente comprende que allí no sufre solamente quien aparece en el expediente.

Sufre la familia.

Sufren los hijos.

Sufre la esposa.

Sufren personas que jamás fueron acusadas de nada, pero que terminan cargando también el peso de la incertidumbre.

Hoy pensé en todas las familias que, mientras yo estaba tranquilamente en misa, quizás estaban sentadas en esos otros bancos esperando una audiencia, una decisión o simplemente que termine su calvario.

Y comprendí la enorme diferencia entre un banco y otro.

En aquellos bancos esperaba decisiones de los hombres.

En este banco busco a Dios.

En uno había acusaciones.

En el otro encuentro reflexión.

En uno esperaba una sentencia.

En el otro doy gracias.

Pero hubo algo que me impresionó todavía más esta mañana: al recordar aquellos años no sentí rabia.

Sentí agradecimiento.

Y también perdón.

Porque con los años he comprendido que uno no termina de liberarse de una persecución cuando concluye el último expediente.

La verdadera liberación llega cuando también desaparece el resentimiento.

Mientras odiamos, todavía seguimos sentados en aquel tribunal.

Mientras deseamos venganza, el juicio continúa dentro de nosotros.

Mientras quienes nos hicieron daño sigan gobernando nuestros pensamientos, todavía conservan algún poder sobre nuestras vidas.

Perdonar es levantarse finalmente de aquel banco.

Por eso hoy aquel sencillo banco de la iglesia tuvo para mí otro significado.

Era el banco de la libertad.

A quienes hoy atraviesan la angustia de un proceso judicial quisiera decirles algo desde la experiencia: los procesos terminan. Los expedientes algún día dejan de gobernar nuestras vidas. Las puertas finalmente se abren.

Y puede llegar una mañana cualquiera en que uno vuelva a sentarse en un banco de madera.

Pero esta vez nadie lo interroga.

Nadie lo acusa.

Nadie decide su destino.

Uno simplemente está allí, frente a Dios, dando gracias por estar en paz.

Esta mañana me ocurrió.

Al terminar la misa me levanté y miré aquel banco.

Seguía siendo solamente madera.

Pero para mí ya no.

Porque existen bancos donde esperamos que los hombres decidan nuestra suerte.

Y existen otros donde aprendemos a reconciliarnos con nuestro pasado.

Qué parecidos son los bancos de madera.

Y qué inmensa es la diferencia entre sentarse esperando una sentencia y sentarse, años después, dando gracias por haber sobrevivido a ella.