OPINIÓN, ANDRÉS AYBAR BÁEZ, para 7 SEGUNDOS.- Hoy, cada hogar dominicano parece un pequeño Estado soberano: planta eléctrica, cisterna, pozo de agua, alarma privada, cámaras de seguridad, cuatro carros para cuatro miembros de la familia, aceras reparadas por cuenta propia. Todo eso, además de pagar impuestos al fisco. ¿Cómo llegamos aquí? ¿Cuándo dejamos atrás la vida comunitaria para abrazar un individualismo extremo que nos asfixia económicamente y nos fragmenta socialmente? El refrán americano “Me, myself and I”, traducido libremente al español como “Yo, conmigo y para mí”, parece haberse convertido en el lema nacional. Lo que comenzó como soluciones temporales para suplir deficiencias del Estado, se consolidó como un modelo cultural de supervivencia. Sin embargo, este modelo es insostenible y amenaza con convertir la convivencia en un archipiélago de islas desconectadas. Esta reflexión no es un simple ejercicio nostálgico; es un llamado urgente a repensar la sociedad que estamos construyendo.
En mi niñez, en la década de 1950, no conocí cisternas ni plantas eléctricas. El agua llegaba por las tuberías sin interrupción, la luz eléctrica era estable y los apagones eran inexistentes. Las calles estaban limpias, el transporte público funcionaba con puntualidad y la educación pública rivalizaba con la privada en calidad. Muchas veces, la superaba. Éramos un país de conversaciones en la mesa, donde los mayores eran fuente de sabiduría y respeto, y la disciplina no se negociaba. La seguridad ciudadana era tan sólida que las puertas quedaban entornadas sin miedo, y los barrios eran auténticas comunidades. Había orden migratorio, régimen de consecuencias y un sentido claro de autoridad. Ser rico no era acumular dinero ni exhibir lujos, sino tener cultura, buen trato y respeto social. La palabra abolengo tenía peso porque la sociedad valoraba la educación, el decoro y la convivencia. No teníamos la ansiedad de la inmediatez, ni la dependencia de celulares, ni la tiranía de la conectividad. Era una vida sencilla, pero digna.
¿Cuándo comenzó el deterioro? Podría trazarse a varios hitos: 1961, la caída de la dictadura, abrió la puerta a una democracia incipiente que no llegó acompañada de instituciones fuertes. El poder político se fragmentó, y con él la noción de bien común. En la década de los 70 y 80, la urbanización acelerada y la migración masiva del campo a la ciudad desbordaron la capacidad de planificación. El crecimiento poblacional no fue acompañado de inversiones en infraestructura. Durante los años 80 y 90, las crisis económicas, la inflación y los programas de ajuste estructural redujeron el rol del Estado, mientras la corrupción se convirtió en un fenómeno sistémico. En 2003, la crisis bancaria golpeó la confianza y amplificó la mentalidad de “cada quien por su lado”. En este caldo de cultivo, la cultura del “resolver” y el ingenio individual reemplazaron la cooperación. El Estado dejó de garantizar servicios básicos, y los ciudadanos aprendieron a sobrevivir por su cuenta. Lo que comenzó como excepción se normalizó.
Hoy, cada familia es su propio ministerio de Obras Públicas, Energía, Agua y Defensa. La lista es larga y costosa: energía eléctrica privada con plantas diésel, inversores y paneles solares; agua propia con cisternas, tinacos y pozos profundos; seguridad personalizada con vigilantes, alarmas, cámaras y rejas eléctricas; transporte privado desbordado con cuatro carros en un hogar de cuatro miembros, ante la ausencia de transporte público confiable; espacio público privatizado con aceras y calles reparadas con fondos propios, cerramientos que reducen la circulación. Este modelo trae consigo una doble penalización: pagamos impuestos para recibir servicios que no llegan y cubrimos por cuenta propia todo lo que debería proveer el Estado. El resultado es un costo de vida insostenible y una sociedad fracturada, donde la colaboración se sustituye por desconfianza y aislamiento.
Este modelo no es solo caro; es culturalmente corrosivo. Genera fragmentación social porque cada quien vive detrás de muros, desconectado del barrio. Aumenta la desigualdad porque quien puede pagar se blinda y quien no, queda expuesto a la precariedad. Deslegitima al Estado porque la gente deja de creer en las instituciones y erosiona el civismo. Y desgasta emocionalmente porque la ansiedad por “resolver” todo de forma individual deteriora la calidad de vida. El cambio no ocurrió solo por fallas del Estado. La globalización trajo nuevos valores: éxito medido por consumo, prisa por mostrar estatus, necesidad de control absoluto. El celular, la tarjeta de crédito y la cultura del “todo para ayer” cambiaron la percepción de bienestar. Hoy creemos que ser libres significa depender de nadie, pero esa falsa independencia nos hace más esclavos del gasto, del estrés y del aislamiento.
Mantener este modelo es insostenible. No hay economía familiar capaz de absorber los costos crecientes de energía privada, seguridad, agua y transporte, mientras seguimos pagando impuestos para sostener un Estado ineficiente. Si no corregimos el rumbo, terminaremos con una sociedad insostenible financieramente, polarizada socialmente y débil democráticamente. Repensar la sociedad implica exigir al Estado que cumpla su rol en energía, agua, transporte y seguridad, realizar inversiones públicas en infraestructura que devuelvan confianza ciudadana, promover la cultura del bien común donde la solución no sea individual sino comunitaria, e impulsar iniciativas mixtas como cooperativas energéticas, acueductos compartidos y transporte masivo digno. No se trata de regresar al pasado, sino de recuperar lo mejor de él: la cooperación, la confianza, el respeto por la norma y la educación como motor de igualdad.
En la República Dominicana hemos cambiado la convivencia por la supervivencia y la solidaridad por la autosuficiencia. Vivimos en una paradoja: nunca pagamos tanto por vivir tan mal. No podemos seguir construyendo muros invisibles y reales que nos separan como sociedad. Hacer nada ya no es una opción. Si no recuperamos el sentido de comunidad y no obligamos al Estado a cumplir su función, el “Yo, conmigo y para mí” será el epitafio de nuestra cohesión social. La indiferencia es la nueva pobreza. Y cuando una sociedad se empobrece en valores colectivos, no hay riqueza privada que la salve.
