OPINIÓN, ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ PARA 7 SEGUNDOS MULTIMEDIA.- Cuando nací, en 1951, y especialmente durante mi niñez, hacia 1958, el mundo parecía inmenso y la gente, escasa. Las ciudades respiraban con tranquilidad, las carreteras tenían poco tránsito y los campos parecían interminables. Hoy, apenas siete décadas después, vivimos en un planeta donde la sensación predominante es exactamente la contraria: todo está lleno.
No es una ilusión de la memoria. Es una realidad estadística.
En 1958, la población mundial rondaba los 2,9 mil millones de habitantes. Hoy supera los 8,2 mil millones. En una sola vida humana, el planeta prácticamente ha triplicado su población.
Este extraordinario crecimiento no fue producto de un aumento explosivo de nacimientos únicamente. Fue, sobre todo, consecuencia del mayor triunfo de la civilización: millones de personas dejaron de morir prematuramente.
Las vacunas, los antibióticos, el agua potable, el saneamiento, la mecanización agrícola y el desarrollo económico hicieron que la esperanza de vida mundial pasara de alrededor de 47 años en 1950 a más de 73 años en la actualidad. La humanidad comenzó, sencillamente, a vivir mucho más tiempo.
Paradójicamente, mientras la población seguía creciendo, las familias comenzaron a tener menos hijos. El crecimiento demográfico alcanzó su máximo en la década de 1960, con tasas superiores al 2 % anual. Desde entonces ha disminuido de forma constante y hoy es inferior al 1 %.
Esto significa que el problema del futuro probablemente no será una explosión demográfica permanente, sino un planeta cada vez más envejecido.
La pregunta ya no es únicamente cuántos seremos, sino cómo conviviremos.
Las migraciones internacionales seguirán transformando países enteros. Regiones con baja natalidad dependerán cada vez más de inmigrantes para sostener sus economías, mientras otras continuarán aportando la mayor parte del crecimiento poblacional mundial. La diversidad será la norma, no la excepción.
La consecuencia más visible será una competencia creciente por recursos esenciales:
Agua potable.
Energía.
Vivienda.
Empleos.
Espacios urbanos.
Alimentos.
La inteligencia artificial, la automatización y la robótica podrían aliviar parte de esa presión aumentando la productividad, pero también modificarán profundamente el mercado laboral y la forma en que las sociedades distribuyen la riqueza.
Resulta interesante observar que las proyecciones más recientes de las Naciones Unidas indican que la población mundial probablemente alcanzará un máximo cercano a 10,3 mil millones de personas hacia mediados de la década de 2080, para luego iniciar un lento descenso. Es decir, la humanidad parece acercarse a una etapa de estabilización después de dos siglos de crecimiento extraordinario.
Como alguien que vivió la República Dominicana de finales de los años cincuenta, no puedo evitar comparar aquellas calles tranquilas con las ciudades congestionadas de hoy. No es nostalgia; es simplemente la constatación de que una sola generación ha presenciado la mayor transformación demográfica de toda la historia humana.
Quizás el verdadero desafío del siglo XXI no sea producir más personas, sino construir sociedades capaces de ofrecer calidad de vida, convivencia y oportunidades para todos.
Porque una humanidad más numerosa no garantiza una humanidad mejor. La verdadera medida del progreso no será cuántos somos, sino cómo aprendemos a vivir juntos.
