OPINIÓN, ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ, (Nacido en 1951, generación del respeto y la disciplina) para 7 Segundos Multimedia.- Nacer en 1951 significó pertenecer a una generación forjada entre las ruinas morales y económicas que dejó la Segunda Guerra Mundial. Los llamados baby boomers crecimos en la austeridad, pero también en la esperanza. Aprendimos que lo esencial no era acumular, sino aprovechar; que los valores no se enseñaban con discursos, sino con el ejemplo. En nuestros hogares, el mayor de edad era una autoridad moral, una especie de enciclopedia viva, a quien se acudía como hoy se consulta a la inteligencia artificial.
Vivimos sin internet, sin celulares, sin carros propios, y con la ilusión de algún día poder viajar al exterior, algo reservado para unos pocos. Nuestros días estaban marcados por la disciplina familiar, la formación académica rigurosa y una vida social sencilla. La música nos unía: los boleros, los tríos y las grandes orquestas fueron el bambú espiritual de nuestra juventud. Había poesía en las canciones y educación en los modales.
Pero el mundo giró más rápido de lo que imaginamos. Llegamos a la tercera edad rodeados de pantallas, algoritmos y realidades virtuales. Los jóvenes de hoy habitan un universo donde todo es inmediato: la comunicación, el placer, el conocimiento y hasta el olvido. Se vive con prisa y sin pausa. La bonanza material nunca había sido tan grande ni la distancia entre generaciones tan profunda.
Ellos tienen acceso a viviendas modernas, automóviles de lujo, comidas exóticas y conexiones digitales de velocidad impensable. Sin embargo, enfrentan un déficit distinto: el de la paciencia, la conversación y el respeto por la memoria. Muchos no entienden que el progreso sin valores deja vacíos difíciles de llenar. Los colegios públicos, otrora orgullo de nuestras comunidades, hoy padecen una baja calidad académica; el Estado, desbordado por el crecimiento poblacional, parece impotente ante las exigencias de una sociedad que quiere todo “aquí y ahora”.
Nosotros, los sobrevivientes de esa transición entre el mundo analógico y el digital, hemos tenido que aprender a adaptarnos sin perder el equilibrio interior. Cambiamos el LP por el streaming, la carta por el mensaje instantáneo, y la visita personal por la videollamada. Nos hemos visto obligados a traducir el pasado para poder convivir con el presente. Y, a pesar de todo, seguimos encontrando motivos para agradecer.
Llegar a esta edad —setenta y tantos años después de haber nacido en aquella República Dominicana sin rascacielos ni autopistas— es una bendición y una lección. Hemos sido testigos del paso de la radio al satélite, del pizarrón a la nube, del respeto al tuteo. Pero seguimos creyendo que el progreso solo tiene sentido si conserva la esencia del ser humano: la capacidad de amar, recordar y compartir.
Por eso, al celebrar un nuevo cumpleaños, miro atrás con gratitud y adelante con serenidad. No somos una generación perdida entre dos mundos; somos el puente que los une. Y aunque el ruido del presente nos sea a veces incómodo, seguimos convencidos de que la música más hermosa es la que se toca con el alma.
