OPINIÓN: ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ PARA 7 SEGUNDOS MULTIMEDIA.– Mientras participamos en los preparativos del encuentro de los descendientes de la familia López Penha, no he podido evitar ponerme a pensar en algo que verdaderamente me emociona.

¡Quién iba a imaginar que todo esto comenzó con una expulsión, un largo peregrinaje y, finalmente, la aventura de un solo hombre!

Para entender nuestra historia familiar tenemos que remontarnos a 1492, cuando los Reyes Católicos decretaron la expulsión de los judíos de España. Aquella decisión obligó a miles de familias sefardíes a abandonar la tierra donde sus antepasados habían vivido durante generaciones, llevando consigo sus tradiciones, su cultura, su fe y, sobre todo, la esperanza de encontrar un lugar donde comenzar de nuevo.

Aquella diáspora llevó a numerosas familias judías por distintos rincones de Europa y, con el paso de los siglos, también hacia el Caribe.

En esa larga trayectoria de nuestros antepasados encontramos a Holanda y posteriormente a Curazao, donde se establecieron familias sefardíes que encontraron nuevas oportunidades para vivir y desarrollar sus actividades comerciales.

Y es aquí donde aparece nuestro protagonista: Moisés (Moshe, משה, en hebreo) López Penha Levy.

Me imagino a aquel hombre saliendo solo de Curazao, impulsado por su espíritu comercial y aventurero, rumbo a una tierra que seguramente le ofrecía nuevas oportunidades: la República Dominicana.

No existían los aviones, los teléfonos celulares ni las facilidades de comunicación de nuestros días. Había que tener valor para dejar atrás lo conocido y lanzarse a una aventura sin saber realmente qué le esperaba.

Y así llegó Moisés a nuestra tierra.

Fue en Azua donde, junto a Adelaida Marchena, comenzó a echar raíces y a formar una familia. Lo que probablemente empezó como el sueño de establecerse, trabajar y construir un hogar terminó convirtiéndose, con el paso de las generaciones, en una extraordinaria historia familiar.

¡Cuánta gente buena ha salido de aquella semilla que sembraron Moisés y Adelaida!

Cuántos hijos, nietos, bisnietos y generaciones posteriores. Cuántas familias, cuántas historias de sacrificios, trabajo, alegrías, dificultades y superación.

Y pensar que, si retrocedemos en el tiempo, encontramos una historia que comenzó mucho antes de que Moisés llegara a nuestras costas.

Nuestros antepasados sefardíes tuvieron que abandonar la península ibérica, buscar refugio en otras tierras, adaptarse a nuevas culturas y reconstruir sus vidas. Después vinieron otras generaciones, otros viajes y nuevas oportunidades, hasta que aquella historia terminó echando raíces en Azua.

De España a Holanda, de Holanda a Curazao y de Curazao a la República Dominicana.

¡Qué vueltas da la historia!

Y hay algo que personalmente me resulta particularmente significativo.

Más de cinco siglos después de aquella expulsión de 1492, muchos descendientes de familias de origen sefardí hemos podido recuperar un vínculo jurídico y sentimental con España mediante la adquisición de la nacionalidad española.

¡Qué paradoja tan extraordinaria!

La tierra de la que nuestros antepasados fueron expulsados es hoy también una patria que algunos de sus descendientes podemos llamar nuestra.

En mi caso, haber obtenido la nacionalidad española tiene un significado que va mucho más allá de disponer de otro pasaporte. Representa un reencuentro con una parte de nuestras raíces y con una historia familiar que atravesó océanos y generaciones.

Y por eso también siento gratitud hacia España, que abrió las puertas al reconocimiento de muchos descendientes de aquellos sefardíes expulsados hace más de quinientos años.

La historia, que tantas veces separa a los pueblos, también puede terminar reuniéndolos.

Pero volvamos a nuestro Moisés.

Mientras observo el entusiasmo con que se prepara este encuentro familiar, me pregunto:

¿Qué pensaría aquel viajero solitario si pudiera ver hoy reunidos a tantos de sus descendientes?

Seguramente nunca imaginó que su aventura comercial terminaría convirtiéndose en una familia tan extensa, con tantas personas que han hecho sus vidas, formado hogares y contribuido de distintas maneras al desarrollo de nuestro país.

Y estoy seguro de que Adelaida también tendría muchos motivos para sentirse orgullosa.

Porque nuestros antepasados no la tuvieron fácil. Cada generación tuvo que capear sus propios temporales, enfrentar dificultades, superar pérdidas y continuar adelante.

Algunos prosperaron más que otros, algunos tuvieron vidas más difíciles, pero todos fueron poniendo su granito de arena para que hoy podamos reunirnos y celebrar nuestras raíces.

Por eso considero que este encuentro debe ser mucho más que una oportunidad para saludarnos, abrazarnos, tomarnos fotografías y conocer a primos que quizás ni siquiera sabíamos que teníamos.

Debe servir para escuchar a los mayores, rescatar anécdotas, recordar a quienes ya partieron y transmitir a nuestros hijos y nietos la historia de dónde venimos.

Porque uno puede vivir en cualquier lugar del mundo, tener distintas nacionalidades y dedicarse a las actividades más diversas, pero hay algo que nunca cambia: nuestras raíces.

Y pensar que todo esto viene de una cadena de acontecimientos que comenzó hace más de quinientos años, con familias obligadas a abandonar su tierra, y que encontró un nuevo capítulo en aquel hombre que salió de Curazao y llegó a Azua.

Lo que comenzó con una expulsión terminó convirtiéndose, generaciones después, en una historia de arraigo, integración y esperanza.

Hoy quiero rendir un homenaje especial a Moisés López Penha Levy y Adelaida Marchena, quienes iniciaron esta rama de nuestra historia familiar en la República Dominicana.

También a todos aquellos que vinieron después, muchos de los cuales ya no están entre nosotros, pero que hicieron posible que esta familia siguiera creciendo.

Y no quisiera terminar esta reflexión sin expresar un agradecimiento muy especial a nuestra querida prima Jacqueline Gómez Pellerano, quien, con tanta dedicación, paciencia y esmero, asumió la tarea de reconstruir nuestro árbol genealógico.

Su trabajo ha sido la verdadera piedra angular para conocer y comprender nuestros orígenes, descubrir los vínculos que nos unen y rescatar del pasado los nombres y las historias de quienes hicieron posible que hoy estemos aquí.

Gracias a Jacqueline, lo que para muchos eran simplemente nombres y recuerdos familiares se ha convertido en una historia que hoy podemos conocer, compartir y transmitir a nuestros hijos y nietos.

¡Gracias, Jacqueline, por regalarnos algo que no tiene precio: la oportunidad de conocer nuestras raíces, comprender nuestra historia y mantener viva la memoria de nuestros antepasados!

Ojalá que este encuentro nos permita fortalecer nuestros vínculos y dejar a las nuevas generaciones el interés por preservar nuestra historia.

Porque, después de todo, un árbol genealógico no es solamente una colección de nombres y fechas. Es la historia de personas de carne y hueso que amaron, trabajaron, sufrieron, soñaron y lucharon para que nosotros pudiéramos estar aquí.

Y termino con una reflexión que resume lo que siento:

En 1492 nuestros antepasados sefardíes fueron obligados a abandonar España. Siglos después, Moisés llegó solo desde Curazao a nuestra tierra dominicana, llevando consigo una herencia de generaciones. Junto a Adelaida sembró en Azua una semilla que se multiplicó hasta convertirse en la gran familia que hoy somos.

Y más de quinientos años después, algunos de nosotros volvemos a tener la nacionalidad de aquella España de la que partieron nuestros antepasados.

¡Quién iba a imaginar que la historia daría tantas vueltas para terminar reuniéndonos nuevamente con nuestras raíces!

Honor a Moisés, a Adelaida y a todos nuestros antepasados.

Y que este encuentro sea, por encima de todo, una celebración de la familia, de la memoria y de esa maravillosa capacidad humana de volver a comenzar.

Porque Moisés llegó solo, pero la semilla que trajo consigo nunca dejó de multiplicarse.