OPINIÓN, ESPERANZA BENÍTEZ RAMÍREZ.- Hace alrededor de dos meses inició el año escolar y, nueva vez, se ventilan en la palestra pública casos de niños con autismo u otros diagnósticos que enfrentan barreras en su escolarización.
Uno de ellos es el de una madre en La Romana, cuyo hijo tiene diagnóstico de TDAH. El niño aún no ha sido aceptado en ningún centro educativo, y su madre, sin recursos para costear un colegio privado, recibió la noticia de que el centro donde estaba —un patronato— no podía continuar atendiéndolo. Poco antes de concluir el año escolar 2024–2025, le informaron que “no están preparados”.
Otro caso reciente es el del popular y querido humorista y ventrílocuo Liondy Ozoria, quien junto a su esposa dio a conocer públicamente que han tomado la decisión de no enviar más a su hijo al colegio, ya que necesita una maestra acompañante y no les es posible cubrir ese costo. Estarán trabajando desde casa, con apoyo de terapeutas y del mismo centro educativo.
Estos dos casos, tan distintos y tan similares, ilustran claramente las barreras que siguen enfrentando las familias.
Cada año escolar, se repite la historia… mientras muchas familias se preparan y lo reciben con ilusión, otras lo viven con tristeza, impotencia y una punzante sensación de vacío. Un recordatorio constante de la exclusión y barreras de acceso de diferentes índoles.
Lo cierto es que, aún hoy, la inclusión escolar de personas con trastornos del espectro autista (TEA) y otros trastornos del neurodesarrollo, sigue siendo una promesa más que una práctica.
Es justo decir que algunos centros no cuentan con las condiciones mínimas para acoger a estos estudiantes: no tienen planta física accesible, personal formado, ni recursos de apoyo. En esos casos, es sincero y ético reconocerlo, antes que ofrecer una experiencia que terminaría siendo dañina para el niño o la familia. El problema es que esto no debería ser la norma… y mucho menos la única respuesta.
¿Y el sistema? ¿Está haciendo algo?
Sí. En abril de 2024, el Ministerio de Educación (MINERD) emitió la Ordenanza 05-2024, que establece los lineamientos para garantizar una educación inclusiva. Entre otras cosas, exige que:
- Todos los centros educativos ofrezcan acceso, adaptaciones curriculares y apoyos humanos y materiales.
- Los estudiantes con necesidades específicas de apoyo educativo sean incluidos en las evaluaciones.
- Todos sean registrados en el SIGERD, el sistema oficial de gestión educativa.
Además, se ha comenzado a implementar el Diseño Universal para el Aprendizaje (DUA), un enfoque que promueve múltiples vías de enseñanza, expresión y participación, adaptándose a la diversidad de los estudiantes.
A esto se suman diplomados, capacitaciones a equipos docentes, guías orientadoras y fortalecimiento de los Centros de Atención a la Diversidad (CAD).
Son avances importantes. Pero los cambios estructurales y culturales no se traducen en resultados inmediatos.
Mientras el sistema se organiza, nuestros hijos crecen y su necesidad de aprender, de pertenecer, de convivir, es constante y urgente.
Cuando todas las puertas se cierran…
Muchas familias enfrentan una cadena de rechazos. Eso genera angustia, frustración, agotamiento emocional. Y estamos hablando solo de cupos.
Porque el tema de los costos asociados a la escolarización —cuotas elevadas, acompañantes exigidos, evaluaciones costosas, terapias externas obligadas— es otra larga historia que termina expulsando en silencio.
En la práctica, los padres o tutores de hijos con TEA u otros desórdenes del neurodesarrollo no elegimos colegios: ellos nos eligen a nosotros. Y, en muchos casos, esa elección nunca llega.
Niños que nunca han sido escolarizados
En República Dominicana, existen niños y niñas con TEA que jamás han sido escolarizados. Otros llevan años excluidos del sistema. No por falta de capacidad. Sino por falta de espacios, de ajustes, de voluntad institucional y de verdadera corresponsabilidad.
Mientras se habla de derechos y normativas, el acceso real a la educación sigue siendo negado a muchos.
Homeschool: una respuesta posible… y amorosa
Frente a ese escenario, muchas familias optan por el homeschool (educación en casa).
No por capricho. No por comodidad. Sino como acto de protección, de cuidado y de urgencia.
Educar en casa se convierte en la única forma de ofrecer:
- Un entorno emocionalmente seguro.
- Ritmos personalizados.
- Integración real de intereses, terapias y vínculos.
- Respeto por lo que cada niño necesita aquí y ahora.
No es fácil, pero es posible. Y, para muchas familias, es hoy la única vía real de garantizar el derecho a aprender sin daño.
Lo que pedimos no es privilegio: es respeto
Educar en casa requiere esfuerzo, organización, tiempo, y también renuncias. Pero no debería ser la única alternativa cuando el sistema falla. Lo que pedimos es simple:
📍 Acceso
📍 Apoyo
📍 Escucha
📍 Respeto
Queremos que nuestros hijos tengan oportunidades reales. No porque se parezcan a los demás, sino porque también tienen derecho a estar, a aprender y a ser valorados como son.
Mientras el sistema se prepara…
Algunas familias ya están actuando, educando desde casa, desde el vínculo, desde la convicción.
Y sí, con amor… pero también con cansancio, soledad e incertidumbre.
Sobre la autora
Esperanza Benítez Ramírez es madre cuidadora, trofóloga y fundadora de la organización Una Nueva Esperanza (UNE), dedicada a la defensa de los derechos de personas con trastornos del neurodesarrollo. Co-fundadora de Stimulart, centro terapéutico y educativo en Santo Domingo. Acompaña a familias desde la vivencia y el conocimiento técnico en procesos de intervención, crianza y educación alternativa.
📩 [email protected] | IG: @epebenitezr
