OPINIÓN, ANDRÉS AYBAR BÁEZ para 7 Segundos Multimedia. La historia de Casa de Campo demuestra que los grandes destinos no nacen solo de la inversión turística, sino del impulso sostenido de motores económicos capaces de crear infraestructura, reputación y un flujo constante de visitantes. En La Romana, ese motor fue primero el ingenio azucarero —y todo el conglomerado que se armó a su alrededor—; en el Este, el aeropuerto privado de Punta Cana cumplió un papel análogo para el binomio Punta Cana–Cap Cana. Guardando las proporciones, ambos casos explican por qué hoy la costa oriental dominicana compite en la primera división del turismo mundial.
El origen está en la caña. En 1912, la South Porto Rico Sugar Company (nombre legal) estableció la Central Romana Corporation como subsidiaria en la República Dominicana. Esta compañía, fundada en 1900 en Nueva Jersey, había comenzado operaciones en Puerto Rico en 1901 con el Central Guánica, que llegó a ser uno de los ingenios más grandes del Caribe. La expansión a La Romana marcó un antes y un después: desde 1926 toda la producción se procesaba en el país, y el ingenio se convirtió en el corazón económico y social de la región.
Décadas más tarde, en 1967, Gulf & Western Industries adquirió la compañía, integrando tierras, ingenio, empleo y una enorme plataforma logística que sería la base de todo lo que vendría. A partir de ahí, el proyecto turístico tomó forma con el genio de Pete Dye: Teeth of the Dog abrió en 1971 y catapultó a La Romana al mapa del golf; le siguieron The Links a mediados de los 70 y, ya en la nueva etapa del resort, Dye Fore en los 2000. Casa de Campo se pensó alrededor del golf —no al revés—, un detalle que explica su estética y su magnetismo deportivo hasta hoy.
El glamour llegó por la puerta grande gracias al vínculo de Gulf & Western con Paramount. Altos de Chavón —concebido como aldea artística y con su anfiteatro al estilo griego— abrió con el Concert for the Americas el 20 de agosto de 1982: Frank Sinatra, Buddy Rich, Heart y Santana inauguraron el escenario y lo grabó Paramount para el mundo. En paralelo, la República Dominicana se convirtió en “La Habana” de Hollywood: las escenas cubanas de The Godfather Part II se filmaron en Santo Domingo, reforzando la asociación del destino con la cultura y el espectáculo.
La impronta personal de Charles Bluhdorn, fundador de Gulf & Western, fue determinante. Tras su muerte en 1983, la corporación decidió vender su división del Caribe y, en 1984, Central Romana pasó a un grupo de inversionistas que incluía a los hermanos Fanjul y a Carlos Morales Troncoso, asegurando continuidad a un modelo ya probado.
Aquí entra la otra mitad de la ecuación: la diáspora azucarera cubana. La familia Fanjul —con siglos de tradición cañera en Cuba y, desde los 60, base industrial en Florida— y la estirpe Gómez-Mena —emblema del poder azucarero y cultural habanero— sintetizan capital, conocimiento del negocio y redes internacionales. Ese linaje ayuda a entender por qué Central Romana diversificó con soltura hacia turismo, puertos y bienes raíces, y por qué Casa de Campo sostuvo un estándar de clase mundial.
La infraestructura consolidó la promesa. En 2000 se inauguró el Aeropuerto Internacional La Romana–Casa de Campo (LRM), operado por una filial de Central Romana e integrado al resort, a su marina y al puerto de cruceros: un ecosistema logístico pensado para el viajero de alto valor. Ese salto de conectividad era la pieza que faltaba para cerrar el círculo La Romana–Casa de Campo.
“Guardando las proporciones”, la historia del Este tiene su propio motor: el aeropuerto. Punta Cana construyó el primer aeropuerto internacional privado del mundo, inaugurado en 1983, impulsado por la visión de Frank Rainieri y Theodore Kheel; desde entonces es la principal puerta de entrada del país y la segunda más transitada del Caribe. Esa conectividad hizo posible la escala hotelera y residencial de Punta Cana y, más tarde, proyectos de lujo como Cap Cana, que en 2006 estrenó Punta Espada de Jack Nicklaus y un master plan de gran envergadura. El aeropuerto no fue un accesorio: fue la plataforma.
Pero más allá de la infraestructura y la historia corporativa, Casa de Campo se convirtió en un refugio generacional. Muchos baby boomers, tanto dominicanos como extranjeros, lo han elegido como el lugar de su retiro, transformando al resort en una comunidad establecida más allá del turismo de temporada. Aquí han encontrado un estilo de vida marcado por el deporte, la cultura y la amistad. El grupo de golf de los sábados, que reúne a jugadores de la tercera y cuarta edad, es prueba viva de ese espíritu: un espacio donde se mezclan la competitividad, las anécdotas, las tertulias en el hoyo 19 y la certeza de que este rincón del Caribe se volvió hogar.
Hoy, Casa de Campo integra golf (con la reciente restauración de Teeth of the Dog), marina, centro de convenciones, puerto de cruceros y un aeropuerto propio en su área de influencia. Esa combinación —marca, deporte, cultura, logística y una empresa tractora detrás— explica su resiliencia y su “efecto arrastre” sobre La Romana y el Este. Y también anticipa el futuro: destinos anclados en motores reales (ingenios, aeropuertos, puertos, zonas francas) que sostienen la operación cuando cambian los vientos del turismo.
Así, la narrativa de Casa de Campo —de la caña de azúcar al turismo de lujo y al retiro generacional— es, literalmente, de película. Pero su verdadero secreto no es el glamour, sino la ingeniería institucional que lo sostiene: un motor económico detrás del destino. Esa es la lección que comparte con Punta Cana y Cap Cana: los proyectos perduran cuando se apoyan en infraestructuras y comunidades que generan valor todos los días, con o sin temporada alta.

