En memoria de Alberto Bonetti y de un tiempo irrepetible
OPINIÓN, ANDRÉS A AYBAR BÁEZ, PARA 7 SEGUNDOS.- Hoy siento la necesidad de escribirle a la amistad, esa compañera silenciosa que nos acompaña a lo largo de la vida y que, sin pedir permiso, se convierte en uno de nuestros mayores tesoros.
Cuando llegué de la universidad y me enamoré de Dania —mi esposa por casi cincuenta años, mi norte y mi hogar hasta su partida hace seis meses—, nunca imaginé que, junto a ella, llegaría también una hermandad que marcaría mi vida. Dania me presentó a su gran amiga Marisol Frías, quien estaba casada con Alberto Bonetti. Desde entonces, desde aquel 1975 en que uní mi vida a la de Dania, nos convertimos en dos parejas inseparables.
Éramos jóvenes, éramos alegría, éramos cuatro que caminaban como uno solo.
Años de fiestas, de viajes inolvidables, de criar hijos, de botes, de golf, de tenis, de bailes interminables. Una vida compartida con autenticidad y cariño verdadero.
Luego la vida, con su misterio y su dureza, comenzó a llevarse piezas de nuestro pequeño universo. Marisol se fue primero, dejando un vacío que aún se siente. Años después, el mismo cáncer que la alcanzó se llevó también a mi compañera Dania, mi amor de toda la vida. Durante ese tiempo, como si el destino tejiera una última coincidencia, a Alberto —nuestro compadre Beto— le descubrieron cáncer también, y más de una vez coincidimos en el hospital: Dania y Alberto, cada uno recibiendo su tratamiento, cada uno luchando su propia batalla, cada uno irradiando una dignidad que nunca olvidaré.
Hoy recibimos la triste noticia de su partida.
Y me invade un dolor profundo, un silencio que pesa, porque con él se cierra un capítulo entero de mi vida.
Qué efímera es la existencia.
Qué frágil esta línea entre estar y no estar.
A mis hijos y a mis ahijados quiero decirles: vivan, disfruten, rían, abracen, celebren, porque al final lo único que verdaderamente nos pertenece son los recuerdos, esos que nadie nos puede quitar, esos que hoy sostienen mi alma.
Descansa en paz, querido Alberto.
Gracias por tu amistad, por tu lealtad, por las décadas de vida compartida.
Hoy me quedo con las memorias, con las risas, con lo vivido… y con la certeza de que dondequiera que estén tú, Marisol y Dania, vuelve a encenderse esa luz que un día iluminó nuestras vidas.
