Las ciudades brasileñas están en alerta por el avance del dengue, cuyos casos en el país superaron el millón de contagios en lo que va del año. São Paulo, la mayor urbe de Suramérica, fumiga sin parar y trata de sensibilizar a los vecinos sobre el peligro, pero a menudo los consejos caen en saco roto.

«¡Secretaría de Salud, combate al dengue!», gritan los funcionarios municipales frente a una casa de un barrio de clase trabajadora.

El equipo de vigilancia epidemiológica ha recibido la noticia de que un tal Matheus que vive allí ha dado positivo a la enfermedad y han acudido para hacer cumplir el protocolo: visitas a todas las casas de la calle en busca de criaderos de mosquitos y fumigación general.

Después de tocar el timbre durante diez minutos, la tía de Matheus, Lucilene Souza, les abre la puerta. Resulta que el enfermo no vive allí, pero que la visita con frecuencia.

Thaysa Moura, coordinadora del equipo, no se confía e insiste en repasar cada esquina de la casa en busca de baldes con agua parada, donde el mosquito de rayas blancas que transmite el dengue suele depositar los huevos.

«Es una cantidad absurda de casos. Tan solo hoy tuvimos más que en todo el mes de febrero del año pasado», dice la funcionaria, embadurnada de repelente y vestida con un chaleco azul.

La enfermedad, que provoca fiebres altas y dolor muscular, ya ha causado 214 muertes en todo el país, y otras 687 están por confirmar.

Frente a la amenaza, el Ayuntamiento de São Paulo se ha propuesto comprar 30.000 litros de insecticida y ha quintuplicado el número de agentes para patrullar las calles y evitar que se expanda.

Cerca del 80 % de los criaderos del mosquito se encuentra dentro de las casas, calculan los expertos municipales, por lo que la labor del puerta a puerta es esencial. Aun así, en un 30 % de los casos, los vecinos no dejan entrar a los inspectores.

Preocupación de los vecinos
En la casa anexa a la de Souza, Cristina del Duque sí está ansiosa por abrirles la puerta. Esta mujer bajita de 58 años les dice que casi no sale a la calle desde la covid-19 y aún menos ahora, con lo que ve en la televisión sobre la multiplicación de casos de dengue.

No tiene plantas, pero sí un montón de bebederos para dos perros y una decena de canarios, además de un acuario para sus tres peces.

«Pero cambio el agua de los animales todos los días», aclara ante las preguntas de Moura, que ya se ha acercado al acuario con la linterna del celular encendida para buscar larvas.

Cristina lamenta que los vecinos dejen basura fuera y se acumule el agua: «Yo salgo a barrer para quitarla porque el mosquito se mete donde menos te imaginas».

El dengue también es motivo de tensión en la casa de enfrente, donde suegra y cuñada mantienen actitudes opuestas. Reinilda Pereira, de 54 años, dice que se cuida mucho porque tuvo una hija que murió de dengue de pequeña, pero parece preocupada por la laxitud de su suegra.

«Creo que hay larvas en uno de sus cubos», le cuchichea a uno de los agentes.

Moura mira con ojo crítico un cubo de agua sin cubrir en la azotea y le pide a Ana Valdete, de 69 años, que por favor lo tape siempre. Distraída, la suegra dice por lo bajo que «si una pasa el día preocupada se acaba enfermando».

«Aunque les avises, hay personas que siguen teniendo agua parada sin tapar, es una lucha agotadora», comenta luego Moura, molesta pero no resignada.

El ruido de un motor anuncia la llegada del vehículo de fumigación. Muy pronto, la calle huele a menta, el olor del insecticida, y los vecinos respiran más aliviados por haber alejado por un tiempo la amenaza del mosquito.

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