OPINIÓN, ANDRÉS AYBAR BÁEZ, PARA 7 SEGUNDOS.- Dicen los viejos campesinos que el mango no se tumba… se espera. Y en esa sencilla enseñanza agrícola cabe, quizá, una de las más finas lecciones de la política dominicana del siglo XX.

El doctor Joaquín Balaguer entendió ese principio como pocos. Mientras otros corrían, conspiraban, gritaban o se desbordaban en ansias de poder, él parecía —solo parecía— estar sentado a la sombra de la historia, mirando hacia arriba, esperando que el fruto madurara.

Y no cualquier fruto.

El mango del poder.

En los años finales del régimen de Rafael Leónidas Trujillo, cuando el país vivía bajo una estructura rígida y omnipresente, Balaguer ocupaba un lugar dentro del sistema. No era el que sacudía el árbol. No era el que lo desafiaba abiertamente. Era, más bien, el que observaba.

Pacientemente.

Con la serenidad —o la astucia— de quien sabe que hay momentos en la historia en los que moverse demasiado pronto es perder, y moverse demasiado tarde… también.

Y entonces, un día, el mango cayó.

La desaparición física de Trujillo abrió un vacío que muchos intentaron llenar con prisa, con ímpetu, con improvisación. Pero Balaguer no corrió hacia el árbol. Él ya estaba debajo.

Esa es la diferencia.

La historia dominicana no se escribió únicamente con actos heroicos ni con gestos dramáticos. También se escribió con silencios calculados, con pasos medidos, con esa capacidad casi quirúrgica de saber cuándo avanzar y cuándo parecer inmóvil.

Porque si algo caracterizó a Balaguer fue su dominio del tiempo.

No del reloj… del momento.

Su tránsito desde colaborador del régimen hasta figura central en la reorganización política posterior no fue una ruptura abrupta, sino una transición que hoy, vista en retrospectiva, parece casi coreografiada. Honras fúnebres impecables, respeto institucional, y luego —poco a poco— el distanciamiento necesario para construir una nueva narrativa.

Gradualidad.

Esa palabra, tan poco comprendida en tiempos de inmediatez, fue una de sus herramientas más poderosas. Balaguer no pretendió cambiar el país de la noche a la mañana. Lo fue moviendo como quien ajusta la sombra de una mata: milímetro a milímetro.

Para algunos, eso fue prudencia.
Para otros, cálculo.
Para muchos, ambas cosas.

Hoy, cuando observamos escenarios internacionales complejos —desde Venezuela hasta Cuba o Nicaragua— donde los cambios parecen inminentes pero no terminan de concretarse, vale la pena recordar la lección del mango.

No todo proceso político se resuelve con una sacudida.
A veces, la historia necesita madurar.

Y mientras muchos se desesperan mirando el árbol, hay quienes entienden que el verdadero poder no está en arrancar el fruto… sino en estar exactamente donde va a caer.

Balaguer, con su figura enigmática, su verbo pausado y su mirada siempre distante, parecía saberlo.

Por eso, quizás, más que un protagonista ruidoso de la historia, fue su paciente administrador.

Sentado bajo la mata.

Esperando.