OPINIÓN, ANDRÉS A. AYBAR PARA 7 SEGUNDOS MULTIMEDIA.- Hoy he leído con atención el artículo del historiador José del Castillo Pichardo titulado “Preludio de una marca” publicado en Diario Libre, donde se reflexiona sobre la figura política del doctor Joaquín Balaguer en el complejo momento histórico que siguió a la muerte de Rafael Leónidas Trujillo. Ese texto me sirve de punto de partida para una reflexión más amplia sobre el tema que inevitablemente ocupa a todo gobernante cuando se acerca el final de su mandato: el legado.
Todo presidente, tarde o temprano, se enfrenta a esa pregunta silenciosa: ¿qué quedará de su paso por el poder? No las ruedas de prensa, no los titulares momentáneos ni los debates pasajeros, sino aquello que el tiempo termina juzgando con serenidad. El legado no lo construyen las encuestas ni el ruido de la coyuntura; lo construyen las decisiones difíciles que se toman cuando el gobernante se atreve a hacer lo que cree correcto para el país, aun cuando eso le cueste incomprensión o adversarios.
El verdadero Manual de poder
En ese sentido, la vida política del doctor Joaquín Balaguer constituye para muchos dominicanos un verdadero manual de poder. Fue un gobernante rodeado de fuertes adversarios, objeto de críticas permanentes y protagonista de una época compleja de nuestra historia. Sin embargo, el paso del tiempo ha revelado un fenómeno interesante: muchos de sus críticos más severos terminaron reconociendo la magnitud de su legado político y administrativo.
Balaguer comprendió algo que muchos políticos olvidan: gobernar no es complacer el ruido del momento. Gobernar es tener la serenidad de tomar decisiones que quizás no serán comprendidas hoy, pero que el país agradecerá mañana. Ese es el punto donde se separa el político que busca aplausos inmediatos del estadista que piensa en la historia.
El gobernante que actúa para satisfacer titulares, presiones mediáticas o las corrientes emocionales del día corre el riesgo de perder el rumbo del interés nacional. Balaguer, en cambio, ejercía el poder con una lógica distinta: hacer lo que consideraba necesario para el país, aun cuando eso implicara enfrentarse al clima político del momento.
La paradoja de la historia dominicana es que ese estilo de gobernar —tan discutido en su tiempo— terminó produciendo una huella profunda en la memoria nacional. Obras, decisiones de Estado, estrategias de estabilidad institucional y una visión de largo plazo que, décadas después, continúan siendo referencia obligada en el análisis político.
Por eso sostengo que la trayectoria de Joaquín Balaguer ofrece una enseñanza que los políticos dominicanos deberían estudiar con más detenimiento. No para repetir su época ni sus circunstancias —cada tiempo tiene sus propios desafíos— sino para comprender su principio central: el gobernante debe servir al país antes que a la popularidad.
El verdadero legado político nace de esa convicción. No se construye con discursos ni con campañas permanentes, sino con la voluntad de asumir responsabilidades históricas.
Hoy, cuando la política se mueve cada vez más al ritmo de las redes sociales, del comentario instantáneo y de la presión mediática, vale la pena recordar esa lección. El gobernante que pretende dejar huella no puede gobernar mirando el termómetro del día; debe gobernar mirando el horizonte del país.
Y si algún manual de vida política ha dejado la historia dominicana para quien quiera estudiarlo con serenidad, ese manual —para bien o para mal, para debate o admiración— lleva el nombre de Joaquín Balaguer.
Porque al final, el tiempo tiene una curiosa justicia:
muchas veces los mismos que critican a un gobernante en vida terminan reconociendo su legado cuando la historia lo juzga.
