OPINIÓN, ANDRÉS A AYBAR, PARA 7 SEGUNDOS.- Hoy caminé en silencio por las salas del Museo Reina Sofía hasta llegar al espacio donde el tiempo parece detenerse. Allí está Guernica. No como un cuadro, sino como una presencia. No se entra a verlo: se entra a escucharlo. Frente a esa obra de Pablo Picasso, comprendí que hay momentos históricos que no se explican con fechas ni discursos, sino con heridas abiertas.
Guernica no grita; acusa. Y lo hace desde España hacia Europa entera. El bombardeo que la originó fue un ensayo general del terror moderno, una advertencia temprana de lo que vendría después. Al contemplarla hoy, en Madrid, no pude evitar pensar que España vio antes que nadie el rostro de la guerra total, y quizá por eso —o a pesar de ello— eligió no sumarse a la gran hoguera de 1939.
Esa decisión, tomada por Francisco Franco en un país exhausto y hambriento, suele analizarse en términos de cálculo político. Y lo fue. Pero frente al Guernica, esa neutralidad adquiere otra dimensión: la de un país que, habiendo probado el horror, se negó a repetirlo a escala mundial. España no fue un modelo moral; fue un superviviente. Y a veces sobrevivir es la única forma de preservar algo más grande que uno mismo.
Mientras observaba las figuras quebradas del lienzo —la madre, el caballo, el toro, la luz sin consuelo— pensé en Sefarad. Pensé en los sefardíes dispersos por Europa, muchos de ellos atrapados en el engranaje del exterminio pocos años después de que Picasso terminara esta obra. Pensé también en esa paradoja incómoda: que la misma España autoritaria que había expulsado a los judíos siglos atrás permitió, en silencio, que miles de sus descendientes encontraran protección durante el Holocausto.
Nada de eso está escrito en las paredes del museo. Pero todo está contenido en el silencio que rodea al Guernica. España, al no entrar en la guerra, dejó abierta una rendija. Por esa rendija pasaron pasaportes, cartas de protección, gestiones diplomáticas discretas. Pasaron vidas. Pasó memoria. No fue un acto de justicia histórica, pero fue una decisión que evitó la aniquilación total de una parte de la diáspora sefardí.
Salir del Reina Sofía hoy fue salir con una certeza: la memoria no siempre se salva por virtud, sino por decisiones imperfectas tomadas en el límite. Guernica denuncia la barbarie, pero también nos recuerda que hay instantes en que decir “no” —o hacer imposible el “sí”— puede cambiar el curso de la historia. España, en 1939, eligió no arder con Europa. Y en esa elección, sin proponérselo, permitió que Sefarad siguiera respirando.
Caminar hoy por Madrid, después de mirar de frente al Guernica, es entender que la memoria sefardí no es solo pasado. Es una presencia viva que se sostiene, frágil pero persistente, gracias a decisiones humanas tomadas cuando el mundo parecía decidido a destruirlo todo.
