OPINIÓN, ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ, PARA 7 SEGUNDOS.- El miércoles 4 de noviembre asistí al Teatro Nacional Eduardo Brito a una presentación que terminó convirtiéndose en una de las experiencias musicales y espirituales más conmovedoras que he vivido: la Segunda Sinfonía de Gustav Mahler, Resurrección, con motivo del 85 aniversario de nuestra Orquesta Sinfónica Nacional y los 40 años de la Fundación Sinfonía.
Tuve la satisfacción de compartir aquella noche con la madre de mi yerno, quien nos visita desde el exterior para disfrutar de nuestros nietos en común. Una hermosa coincidencia familiar ante una obra que nos invita a reflexionar sobre la vida, la muerte y la trascendencia.
Antes del concierto había leído sobre Mahler y su existencia marcada por pérdidas familiares, sufrimientos y profundas interrogantes sobre el destino humano. Su Segunda Sinfonía, compuesta entre 1888 y 1894, comienza con una marcha fúnebre y nos enfrenta a una pregunta inevitable: ¿qué sentido tiene haber vivido, amado y sufrido si finalmente debemos morir?
Con el paso de los años, esa interrogante adquiere una dimensión especial. La vida nos enseña que nada es permanente y que, tarde o temprano, todos debemos enfrentarnos a la pérdida de personas que han sido fundamentales en nuestra existencia.
Mientras escuchaba la orquesta, comenzaron a desfilar por mi memoria mis padres, mis hermanos y, muy especialmente, mi esposa, compañera de tantos años, cuya ausencia sigue formando parte de mi vida cotidiana.
Comprendí nuevamente que la muerte puede arrebatarnos la presencia física de quienes amamos, pero jamás los recuerdos ni el amor compartido.
Mención especial merece la magistral dirección del maestro José Antonio Molina, orgullo de la música dominicana, cuya trayectoria internacional incluye colaboraciones con figuras legendarias como Luciano Pavarotti, José Carreras y Anna Netrebko. Su dominio de una obra tan compleja, conduciendo una impresionante cantidad de músicos y voces, fue extraordinario. Molina logró transmitir desde la angustia de la muerte hasta la esperanza luminosa de la resurrección.
Igualmente memorable fue la participación de Joyce DiDonato, mezzosoprano estadounidense ganadora de múltiples premios Grammy, cuya interpretación de Urlicht —Luz primordial— transmitió una sensibilidad espiritual conmovedora.
A su lado brilló nuestra extraordinaria soprano Nathalie Peña-Comas, embajadora cultural dominicana y artista de reconocimiento internacional, cuya voz aportó belleza y emoción al movimiento final.
Y cuando ambas voces se unieron al magnífico coro y a la orquesta, bajo la dirección de Molina, vivimos uno de esos momentos difíciles de describir.
Molina dirigía, las solistas cantaban, el coro proclamaba la resurrección y yo, desde mi asiento, recorría silenciosamente los recuerdos de mi propia vida.
La música parecía elevarse desde el sufrimiento humano hasta la esperanza de una nueva existencia.
Fue entonces cuando comprendí algo profundamente significativo: resucitar no tiene necesariamente que significar solamente volver a vivir después de la muerte. También podemos resucitar espiritualmente mientras estamos vivos.
Resucitamos cuando recuperamos la ilusión después de una pérdida, cuando volvemos a sonreír pese a las ausencias, cuando disfrutamos de nuestros hijos y nietos, cuando compartimos con los amigos y descubrimos que todavía podemos aprender, amar y servir a los demás.
La vida no es perfecta. Nunca lo ha sido. Todos cargamos nuestras cruces, decepciones y pérdidas. Pero precisamente porque nuestra existencia es limitada, debemos aprender a valorarla con mayor intensidad.
Con la madurez comprendemos que la felicidad no consiste en vivir sin sufrimientos, sino en conservar la capacidad de agradecer incluso después de haber sufrido.
Debo destacar también la magnífica tertulia celebrada antes del concierto, donde expertos nos permitieron comprender la complejidad musical de la obra, la vida de Mahler y el profundo mensaje filosófico de su composición. Una iniciativa cultural que enriqueció extraordinariamente aquella noche.
Mientras regresaba a casa pensaba en cómo pasamos buena parte de nuestra juventud preocupándonos por el futuro, trabajando y creyendo que siempre tendremos tiempo para disfrutar de lo verdaderamente importante.
Con los años descubrimos que ese tiempo nunca estuvo garantizado.
Y cuando comenzamos a despedir a nuestros seres queridos, comprendemos que la verdadera riqueza no está en lo que poseemos, sino en lo que hemos amado y compartido.
Pensé en quienes ya partieron, pero también en quienes todavía tengo la bendición de abrazar: mis hijos, mis nietos, mis familiares y mis amigos.
Y sentí una profunda gratitud por el privilegio de seguir viviendo.
Para quienes tenemos fe, la resurrección representa también la esperanza de reencontrarnos algún día con aquellos que partieron antes que nosotros. Esa esperanza no elimina el dolor de su ausencia, pero nos ayuda a sobrellevarlo.
Mis felicitaciones al maestro José Antonio Molina, a nuestra extraordinaria Orquesta Sinfónica Nacional, a las solistas Joyce DiDonato y Nathalie Peña-Comas, al magnífico coro y a la Fundación Sinfonía por sus cuatro décadas de compromiso cultural.
Los 85 años de nuestra Orquesta Sinfónica Nacional constituyen un motivo de orgullo dominicano. El desarrollo de un país no puede medirse exclusivamente por sus indicadores económicos, sino también por su capacidad de cultivar el espíritu humano.
Entré al Teatro Nacional dispuesto a escuchar una obra monumental. Salí reflexionando sobre mi propia existencia, agradeciendo lo vivido, recordando con amor a quienes partieron y valorando todavía más a quienes permanecen a mi lado.
Mahler me recordó que la vida, con todas sus imperfecciones, continúa siendo un regalo extraordinario.
La muerte podrá interrumpir nuestra presencia física, pero jamás podrá borrar el amor que hemos sembrado.
Y mientras llega ese momento inevitable de nuestra condición humana, debemos seguir viviendo con gratitud, dignidad, fe y esperanza.
Anoche fui a escuchar la Resurrección de Mahler. Pero terminé viviendo mi propia resurrección interior.
Porque después de haber amado, sufrido, perdido y aprendido tanto, volví a sentir la inmensa alegría de estar vivo.
