OPINIÓN: ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ, PARA 7 SEGUNDOS MULTIMEDIA.- Me acerco a los 75 años.

Una edad simbólica: en la Iglesia católica es cuando un obispo diocesano debe presentar su renuncia al Papa. Y es también una edad que supera la esperanza de vida al nacer de la República Dominicana, situada alrededor de los 74 años.

Llegar hasta aquí, con buena salud, lucidez, deseos de seguir aprendiendo y todavía con fe en el destino de mi país, es ante todo una bendición de Dios.

Pero acercarse a los 75 tiene un efecto curioso: la memoria comienza a viajar más que uno.

Y en estos días me he hecho una pregunta:

¿Cuál experiencia de mi vida me preparó mejor para llegar hasta aquí?

He vivido muchas.

La banca, el derecho, la docencia, responsabilidades empresariales y gremiales, éxitos, fracasos, viajes, crisis, la pérdida temporal de la libertad, la enfermedad y muerte de mi esposa y, finalmente, el aprendizaje de la viudez.

Sin embargo, cuando busco la raíz de la disciplina que me permitió atravesar tantas etapas, termino regresando a un pequeño pueblo de Virginia llamado Woodstock.

Allí estaba Massanutten Military Academy.

Y allí llegué siendo prácticamente un niño.

UN NIÑO DOMINICANO EN LA VIRGINIA DE LOS AÑOS 60

Después del ajusticiamiento de Trujillo, mi familia vivió una especie de autoexilio.

Mi padre, ingeniero de profesión, trabajó primero en Puerto Rico y posteriormente ingresó al Banco Interamericano de Desarrollo. Su carrera nos llevó a Washington y luego a distintos países de América Latina.

Eran tiempos difíciles y decidió internar a sus hijos en una academia militar.

Así llegué a Massanutten, donde estudié entre 1962 y 1965.

Virginia tenía entonces un significado histórico extraordinario. Había sido uno de los grandes escenarios de la Guerra Civil norteamericana y, cien años después, todavía enfrentaba otra batalla: la integración racial.

La segregación no era para nosotros una página de un libro de historia.

Era parte del ambiente.

Mi padre contaba durante años una anécdota que terminó convirtiéndose en historia familiar.

Había enviado los documentos, realizado los pagos y cumplido los requisitos para nuestro ingreso. Pero quedaba una última aprobación.

El coronel encargado pidió que nos llevara personalmente.

Llegamos.

Nos miró.

Y enseguida dijo:

—Bienvenidos.

Mi padre siempre recordaba aquello con humor. Concluyó que el coronel sencillamente quería ver personalmente a aquellos muchachos dominicanos que ingresarían a una academia militar de Virginia.

Eran otros Estados Unidos.

Los años de Kennedy, de la crisis de los misiles de Cuba, de las luchas por los derechos civiles, del asesinato de un presidente y del crecimiento de la guerra de Vietnam.

Yo era demasiado joven para comprender la dimensión de todo aquello.

Pero estaba aprendiendo.

MASSANUTTEN ME ENSEÑÓ ALGO QUE TODAVÍA HAGO

Levantarme y tender mi cama.

Parece una tontería.

No lo es.

Tender la cama significa completar correctamente la primera tarea del día.

Después vienen las demás.

En Massanutten aprendí disciplina, austeridad, respeto, compañerismo y autosuficiencia.

Aprendí a vivir lejos de mis padres.

A convivir con personas diferentes.

A adaptarme.

A cumplir responsabilidades aunque ese día no tuviera deseos de hacerlo.

No todos soportaron aquella experiencia. Incluso dentro de nuestra familia hubo quien prefirió salir.

Los que permanecimos adquirimos un vínculo especial.

Éramos hermanos antes de Massanutten, pero después fuimos también compañeros de una experiencia que nos había obligado a madurar demasiado temprano.

EL CADETE QUE NUNCA SE FUE

Muchos años después comprendí que de Massanutten había salido el cadete, pero Massanutten nunca había salido completamente del hombre.

Aquella capacidad de adaptación me acompañó en Washington, América Latina, mi regreso a Santo Domingo y mi carrera bancaria.

Me acompañó en Citibank, en las responsabilidades empresariales y gremiales, en el ejercicio profesional y en las aulas universitarias.

Y apareció con mayor fuerza cuando llegaron las pruebas.

La crisis bancaria dominicana de 2003 marcó profundamente mi vida.

Quienes dirigíamos instituciones financieras terminamos cargando con buena parte de la responsabilidad pública de una crisis mucho más compleja.

Incluso conocí algo que uno nunca imagina hasta que lo vive:

la pérdida de la libertad personal.

No quiero convertir estas líneas en un juicio sobre aquella época.

El tiempo termina colocando muchas cosas en su dimensión.

Pero cuando enfrenté aquella adversidad reapareció el cadete.

Las circunstancias pueden quitarnos posiciones, seguridades e incluso temporalmente la libertad.

Pero hay algo que nadie puede quitarnos sin nuestro consentimiento:

el gobierno sobre nosotros mismos.

DESPUÉS LLEGÓ UNA PRUEBA MUCHO MÁS DURA

La enfermedad y muerte de mi esposa Dania.

Después de tantos años compartiendo la vida, llegó la viudez.

Y ninguna academia militar prepara a un hombre para regresar a una casa donde falta la persona con quien construyó su vida.

Para eso no existen manuales.

Sin embargo, volvieron aquellas viejas herramientas:

Levantarse.

Tender la cama.

Organizar el día.

Resolver lo que haya que resolver.

Y continuar.

No porque uno olvide.

Precisamente porque recuerda.

Entonces comprendí que aquella autosuficiencia aprendida siendo niño también podía convertirse, seis décadas después, en una forma de resistencia frente a la soledad.

¿QUÉ QUEDA DESPUÉS DE 75 AÑOS?

Quedan imágenes.

Mi padre dejando a sus hijos en una academia de Virginia.

El uniforme.

Las formaciones.

El sonido de la corneta.

Una cama perfectamente tendida.

El coronel mirándonos antes de decir “bienvenidos”.

Kennedy.

Washington.

La crisis de los misiles.

Vietnam.

Las luchas raciales.

Los viajes por América Latina.

El regreso a Santo Domingo.

La banca.

Las crisis.

La familia.

Los hijos.

Los nietos.

La enfermedad.

Las pérdidas.

Y finalmente este hombre, próximo a cumplir 75 años, que todavía se levanta cada mañana y tiende su cama.

Quizás ahí estaba la respuesta que buscaba.

No llegamos a determinadas edades solamente porque el calendario nos haya dejado pasar.

Llegamos sostenidos por la educación que recibimos, los afectos que acumulamos, las heridas que sobrevivimos y las disciplinas que aprendimos durante el camino.

Tuve la bendición de unos padres que me dieron raíces suficientemente fuertes para poder vivir lejos de ellas.

Y un padre que tomó una decisión que probablemente me pareció demasiado dura cuando era niño, pero que hoy considero uno de los grandes regalos de mi vida:

mandarme a Massanutten.

Allí comprendí que disciplina no es simplemente obedecer órdenes.

Es aprender a gobernarse uno mismo.

Que austeridad no significa carecer, sino saber cuánto realmente necesitamos.

Que adaptarse no significa renunciar a quiénes somos, sino aprender a seguir siendo nosotros mismos cuando cambian las circunstancias.

Hoy no sé cuánto camino me queda.

Nadie lo sabe.

Pero puedo mirar hacia atrás y decir que ha valido la pena.

He conocido victorias y derrotas.

He visto cambiar países, instituciones y generaciones.

He perdido personas que jamás pensé que tendría que aprender a vivir sin ellas.

Y, sin embargo, conservo algo que ni los años ni las adversidades han conseguido quitarme:

la esperanza.

Esperanza en mis hijos y mis nietos.

Esperanza en las generaciones que vienen detrás.

Y esperanza todavía en esa República Dominicana que tantas veces nos desespera, pero a la que sigo profundamente unido.

Por eso, al acercarme a los 75, no quiero hacer un inventario de lo conseguido.

Prefiero hacer uno de gratitud.

A Dios, por permitirme llegar.

A mis padres, por enseñarme a caminar.

A mi familia, por darle sentido al recorrido.

A Dania, por tantos años compartidos.

Y hasta a las pruebas que alguna vez hubiera querido evitar, porque también ellas ayudaron a formar el hombre que hoy soy.

Y gracias a aquella academia de Woodstock, Virginia, que recibió a un niño dominicano hace más de sesenta años y le enseñó una costumbre que todavía conserva.

Mañana volveré a levantarme.

Y antes de comenzar cualquier otra cosa, tenderé mi cama.

Es un gesto pequeño.

Pero quizás sea mi manera de decirle cada mañana a Dios, a la vida y a mí mismo:

“Gracias. Todavía estoy aquí.”