OPINIÓN, ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ PARA 7 SEGUNDOS MULTIMEDIA. Hoy, 30 de septiembre, sería el cumpleaños de Dania.

Y se cumple también aproximadamente un año y medio de su ausencia.

Escribo estas líneas no desde la pena, aunque inevitablemente la nostalgia me acompañe, sino desde la felicidad y el agradecimiento por todo lo que ella nos dejó.

Porque hay personas que se van y dejan un vacío. Y hay otras que, además del vacío, dejan una presencia tan grande que uno termina encontrándolas en todas partes.

Dania está en sus hijos. Está en sus nietos. Está en su madre. Está en sus amigas, en su familia y en tantos recuerdos que aparecen sin pedir permiso en cualquier momento del día.

Y, naturalmente, está en mí.

Qué dicha tuve de contar durante tantos años con una compañera de viaje como ella.

Alegre, bailadora, familiar, seria cuando había que serlo, prudente, social, inteligente y también presumida —porque le gustaba estar bien, verse bien y disfrutar la vida—. Era una mujer con personalidad, con carácter y con esa capacidad especial de llenar los espacios sin necesidad de imponerse.

Por eso su ausencia ha dejado un vacío tan difícil de llenar.

Me ha costado.

No tendría sentido negarlo.

Pero entre las muchas cosas que Dania me dejó hubo una enseñanza que, con el paso del tiempo, he comprendido que quizás fue su último gran regalo: me preparó para continuar sin ella.

Durante su enfermedad, cuando yo muchas veces no tenía ánimo para salir, era ella quien me empujaba.

—Vete a jugar golf.

Yo no quería dejarla. Prefería quedarme a su lado.

Pero insistía.

Sal, juega, comparte con tus amigos, continúa viviendo.

Quizás ella entendía entonces algo que yo todavía no podía comprender: que llegaría el momento en que tendría que volver a arrancar.

Y me estaba preparando.

El golf, los amigos, la familia, escribir, enseñar, conversar, organizar proyectos y mantenerme activo han sido parte de ese regreso a la vida.

No para olvidarla.

Todo lo contrario.

Para honrarla.

Porque continuar no significa olvidar a quien se fue. A veces continuar es precisamente la mejor manera de demostrar cuánto aprendimos de esa persona.

Dania me lo decía: “Debes continuar.”

Y eso he hecho.

He seguido adelante cargando el enorme peso de su ausencia, pero procurando que ese peso no se convierta en una piedra que me inmovilice.

Las piedras preciosas son escasas. Tal vez por eso, cuando uno ha tenido una en sus manos durante buena parte de su vida, debe sentirse privilegiado y no solamente triste cuando llega el momento de perderla.

Yo fui un hombre privilegiado.

Tuve una gran compañera de viaje.

Compartimos alegrías, preocupaciones, hijos, nietos, familia, amistades, viajes, música, bailes, dificultades, enfermedades y esa cotidianidad que con los años termina siendo el verdadero patrimonio de un matrimonio.

Hoy comprendo mejor que nunca aquella frase tantas veces repetida: el show continúa.

No porque la vida sea un espectáculo frívolo ni porque los sentimientos deban esconderse. Continúa porque la vida tiene etapas y porque quienes nos amaron seguramente no quisieran convertirse en la razón para que dejáramos de vivir.

Ahora me ha tocado una etapa distinta.

Una parte de ella consiste en documentar nuestra historia.

Escribirla.

Ordenar recuerdos.

Dejar testimonios.

Porque a medida que uno avanza en los años comienza a comprender que tiene una responsabilidad con quienes vienen detrás.

Quiero que mis hijos y mis nietos sepan no solamente quiénes fueron sus padres y sus abuelos, sino cómo vivieron, qué defendieron, qué equivocaciones cometieron, qué alegrías disfrutaron y quiénes fueron aquellas personas extraordinarias que marcaron sus vidas.

Y entre esas páginas habrá necesariamente muchas dedicadas a una mujer llamada Dania Uribe.

Quiero que algún día sus nietos puedan leerlas y descubrir dimensiones de su abuela que quizás eran demasiado pequeños para conocer.

Que sepan que fue alegre.

Que bailaba.

Que disfrutaba de su familia.

Que cuidaba sus amistades.

Que tenía prudencia e inteligencia.

Que enfrentó momentos difíciles.

Y que incluso durante su enfermedad tuvo la generosidad de preocuparse por la vida que tendría que continuar su esposo cuando ella ya no estuviera.

Eso dice mucho de una persona.

Hoy sería su cumpleaños.

En otros tiempos habría celebración, llamadas, felicitaciones, familia, amigos y seguramente algún motivo para bailar.

Hoy la celebración es diferente.

Es la celebración de haberla conocido.

De haberla amado.

De haber recorrido juntos una parte tan importante del camino.

Y aunque confieso que todavía hay momentos en que quisiera contarle algo, escuchar su opinión o simplemente encontrarla donde siempre estaba, también he aprendido que algunas personas dejan de estar físicamente pero nunca terminan de marcharse.

Dania sigue viajando conmigo.

Solo que ahora lo hace de otra manera.

Y mientras yo pueda seguir jugando una ronda de golf, reuniéndome con mis amigos, disfrutando de nuestros hijos y nietos, escribiendo, aprendiendo y levantándome cada mañana con algún proyecto pendiente, estaré cumpliendo aquella instrucción que ella me dejó:

“Debes continuar.”

Eso intento, Dania.

Continuar.

No desde la tristeza, sino desde el agradecimiento.

Porque hoy, en tu cumpleaños, prefiero no contar los meses de tu ausencia.

Prefiero contar los años que tuve la dicha de compartir contigo.

Y fueron un regalo.

Feliz cumpleaños dondequiera que estés.

Gracias por haber sido mi compañera de viaje.

Gracias por nuestra familia.

Gracias por haberme enseñado, incluso al final, que después del dolor también hay que volver a vivir.

Descansa en paz, Dania.

Tu historia continúa en nosotros.