OPINIÓN, ANDRÉS AYBAR BÁEZ, PARA 7 SEGUNDOS.- Aprovechando esta Semana Santa —tiempo de reflexión— inicio una serie sobre los líderes que me han gobernado desde 1972. Aclaro: no voy a criticar. Eso ya lo hacen los políticos entre sí. Yo voy a destacar lo positivo, lo que casi nadie reconoce.

Empiezo con el presidente Luis Abinader.

No es un político tradicional. Es un empresario exitoso que no necesitaba la política para vivir ni para validarse. Y justamente por eso, su decisión de asumir el reto de gobernar un país complejo como el nuestro merece reconocimiento.

Su comportamiento público y el de su familia han sido sobrios, prudentes, alejados del exceso. En un país con una historia política marcada por estilos muy distintos desde 1930, eso ya es una diferencia importante.

Ha roto esquemas: ha promovido nuevos liderazgos y, sin proponérselo formalmente, ha creado una especie de “fábrica de candidatos presidenciales”. A la vez, impulsó límites al continuismo, algo poco común en nuestra cultura política.

Su tolerancia a la crítica —incluso a la ofensiva— ha sido notable. En tiempos donde muchos gobiernos reaccionan con dureza, ha optado por aguantar y seguir gobernando.

Ha permitido que se investiguen casos que involucran a cercanos, enviando un mensaje claro: el poder no es protección automática.

Durante el COVID-19, su manejo de la reapertura económica fue creativo y efectivo, posicionando al país como uno de los más dinámicos en la recuperación.

Apostó por sangre joven en el Estado, enfrentó la reforma policial —una de las áreas más difíciles— y asumió costos políticos donde otros evitaron actuar.

En política exterior, dejó claro desde el inicio que Estados Unidos es nuestro principal aliado, pero también supo manejar con inteligencia la cooperación con China durante la pandemia, sin comprometer el equilibrio.

Y en el contexto actual, hay que reconocer algo clave: su imparcialidad frente al conflicto del Medio Oriente. A pesar de su ascendencia libanesa, ha mantenido una postura prudente, equilibrada y respetuosa, poniendo siempre a la República Dominicana primero.

Respetó la continuidad del Banco Central, decisión fundamental para la estabilidad económica.

Su estilo es práctico: escucha, corrige y recula cuando es necesario. No se aferra por orgullo. Cambia funcionarios cuando se convierten en problemas.

Ha impulsado zonas olvidadas, fortalecido alianzas público-privadas y mantiene una comunicación directa y constante con la población.

Logró además una transición política sin traumas tras un largo ciclo de gobierno anterior, algo que no siempre ocurre en nuestra historia.

Ha dado independencia al Ministerio Público y eligió una vicepresidenta que ha resultado ser un gran acierto.

Y quizás su mayor virtud: sabe echar para atrás cuando se equivoca. En política, eso no es debilidad… es liderazgo.

No es un retrato perfecto. Ningún gobernante lo es. Pero en medio del ruido, también es justo reconocer lo que se hace bien.

Porque un país no avanza solo criticando… también avanza reconociendo.