OPINIÓN, ANDRÉS AYBAR BÁEZ, PARA 7 SEGUNDOS.- Hoy amanecí poniéndome al día con la guerra que se desarrolla en el Medio Oriente entre Estados Unidos, Israel e Irán (hasta ahora), y confieso que las noticias me dejaron profundamente preocupado. Lo primero que me llamó la atención fue el daño que se está causando a las refinerías de petróleo. Inmediatamente recordé el gran tranque mundial que vivimos durante el COVID-19, cuando el mundo entero se paralizó y la economía global entró en una incertidumbre total.
Desde la distancia —como simple observador— tengo la impresión de que las expectativas militares que muchos pensaban que se cumplirían rápidamente no se han dado exactamente así, y ya la economía mundial comienza a resentirse. Los ataques en la región, la reacción de varios países árabes y las advertencias de China, que depende en gran medida del petróleo iraní, están creando un escenario que no luce nada alentador para la estabilidad económica mundial.
En lo personal ya empiezo a sentir pequeños síntomas de lo que podría venir. Ayer mismo se anunció un aumento en la gasolina. Tenía pensado hacer un viaje y preferí suspenderlo; en un ambiente internacional tan cargado, lo prudente es esperar.
También pienso en los posibles efectos para la República Dominicana. Podríamos ver cancelaciones turísticas, aumentos en el costo de la electricidad, presiones sobre las tasas de interés y hasta episodios de bajo crecimiento económico si el conflicto se prolonga. Todo esto obligará a reevaluar muchas decisiones económicas en el país, porque el tablero mundial claramente ha cambiado.
Hasta el Mundial de fútbol lo veo con cierta inquietud. En este tipo de conflictos suelen aparecer lo que se conoce como “células dormidas” en distintos países, y uno no puede dejar de pensar en la posibilidad de actos terroristas si la situación escala. No sería extraño que veamos intervenciones militares más amplias para intentar controlar esa zona del mundo, con todo lo que eso implicaría para la estabilidad internacional.
La verdad es que da cierta grima ver cómo escala este conflicto. A veces da la impresión de que Occidente no termina de entender la dinámica histórica, cultural y religiosa de esas sociedades, mientras el crecimiento demográfico de esas regiones continúa cambiando silenciosamente el equilibrio global. Por momentos parece que estamos peleando contra los molinos de viento de la obra de Cervantes.
Para la República Dominicana esto no es un tema menor. El presidente Luis Abinader no la tiene fácil ante un contexto internacional tan incierto. Tal vez este sea un momento oportuno para que el Estado y el sector privado se sienten juntos a analizar escenarios y prepararse para lo que pueda venir.
Quizás sea tiempo de hablar seriamente de austeridad, de proteger nuestras reservas, de blindar la economía y de anticiparnos a los efectos de una tormenta que todavía no sabemos cuánto durará.
Ojalá yo esté equivocado. Lo digo con toda sinceridad. Pero tengo la sensación de que después de la fase militar pueden venir otras formas de confrontación, incluyendo posibles actos terroristas.
Ahora bien, como buen dominicano también creo en aquello de que todo lo malo trae algo bueno. Tal vez esta crisis mundial sea la oportunidad que necesitábamos para tomar decisiones importantes que el país ha venido posponiendo por miedo al ruido de las redes sociales o a los titulares de los periódicos.
No escribo estas líneas como experto en geopolítica ni como analista internacional. Las escribo simplemente como un ciudadano que prende el televisor un sábado en la mañana —hoy 14 de marzo de 2026—, observa lo que está ocurriendo en el mundo y piensa que tal vez ha llegado el momento de abrir bien los ojos y prepararnos.
