OPINIÓN, ANDRÉS AYBAR BÁEZ, Para 7 Segundos Multimedia.- Cada vez que escuchamos que hay tensión entre Irán, Estados Unidos e Israel, el dominicano promedio comenta con tranquilidad caribeña: “Eso es por allá… eso no es problema nuestro”.

Y ahí comienza el error.

Vivimos en una isla, sí. Pero no vivimos aislados. La economía dominicana es pequeña, abierta y altamente dependiente de lo que ocurra en el comercio global. Cuando las grandes potencias entran en conflicto, aunque el mapa diga que están a miles de kilómetros, el impacto termina tocando el bolsillo criollo.

Primero, el petróleo. Si el conflicto escala y se afecta la región por donde transita buena parte del crudo mundial, el precio internacional se dispara. Y cuando sube el petróleo, aquí sube la gasolina, sube el gas, sube el transporte, sube la factura eléctrica y, por consecuencia, sube todo lo demás. No producimos petróleo. Dependemos del mercado internacional. Así de simple.

Segundo, el dólar. En tiempos de guerra, los mercados financieros buscan refugio en monedas fuertes. El dólar se fortalece. ¿Y qué significa eso para nosotros? Que los productos importados encarecen. Desde los alimentos hasta los materiales de construcción. Y recordemos que nuestra economía importa una porción significativa de lo que consume. Cuando el dólar se mueve, el carrito del supermercado lo siente primero.

Tercero, el turismo. En escenarios de tensión global, los viajeros se vuelven más cautelosos. Las decisiones de viaje se postergan, las inversiones hoteleras se ralentizan y el flujo de visitantes puede resentirse. Para un país donde el turismo representa un motor esencial de crecimiento, cualquier sacudida internacional genera ondas internas.

Cuarto, las cadenas de suministro. Las guerras encarecen seguros marítimos, alteran rutas comerciales y generan incertidumbre logística. Eso se traduce en retrasos y aumentos de costos que terminan impactando precios locales.

Ahora bien, más allá de los números, hay algo que debemos entender con claridad: la incertidumbre es enemiga de las economías pequeñas. Si las potencias no logran sentarse rápidamente en una mesa de negociación, la volatilidad se prolonga. Y la volatilidad golpea más fuerte a quienes tienen menos margen de maniobra fiscal y financiera.

Aquí viene la parte que debemos decir sin rodeos: no podemos seguir creyendo que los conflictos globales son novelas extranjeras que vemos por televisión. Cada misil que sube la tensión allá puede convertirse en una factura más alta aquí. Cada bloqueo comercial puede reflejarse en inflación doméstica. Cada decisión geopolítica puede afectar la estabilidad macroeconómica de países como el nuestro.

No se trata de alarmismo. Se trata de realismo económico.

El mundo está interconectado. Somos parte de un engranaje global. Cuando una pieza grande se desajusta, las piezas pequeñas sienten la vibración primero.

Ojalá prevalezca la diplomacia. Ojalá la mesa de negociación llegue antes que la escalada irreversible. Porque cuando los gigantes prolongan sus conflictos, los países pequeños no solo observan… terminan pagando.

Y el dominicano, que muchas veces cree que lo que pasa “por allá” no le toca, descubre demasiado tarde que el mundo moderno no tiene fronteras para los efectos económicos.

La guerra puede estar lejos.
Pero la factura siempre llega.