OPINIÓN ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ PARA 7 SEGUNDOS MULTIMEDIA.- Escribo estas líneas en domingo, día ideal para reflexionar, perdonar y aceptar aquello que no entendemos… como la infraestructura de Gazcue. Este texto se centra en el sector reconociendo, con devoción casi litúrgica, el esfuerzo del Ayuntamiento del Distrito Nacional por mejorar aceras y contenes, así como el trabajo de la Policía en la seguridad barrial. Sin embargo, aún existen pequeños detalles dignos de meditación colectiva, como la evaluación de los árboles centenarios —seres nobles pero frágiles— cuyas ramas, en alianza estratégica con la debilidad del sistema eléctrico, tienen la admirable capacidad de convertir cualquier brisa en una crisis energética comunitaria.
Decidí integrarme a la junta de vecinos de Gazcue porque mi familia tiene varias propiedades en el sector y, sobre todo, porque ya no podía seguir viendo este experimento urbano sin comprar palco. Gazcue hoy es un laboratorio vivo de cómo acostumbrarse a lo inaceptable… con una calma admirable.
Aquí vivimos una proeza urbanística digna de estudio internacional: a una cuadra y media se levantan torres de 24 pisos, pero dentro del sector construir 7 u 8 niveles es prácticamente un acto revolucionario. La inversión no se justifica, el suelo no se paga… pero la fe urbanística se mantiene intacta. Es como si Gazcue existiera dentro de una cápsula del tiempo regulatoria donde el progreso necesita permiso notarial del siglo pasado.
Mientras tanto, se protegen con fervor patrimonial casas abandonadas que ya no protegen ni su propia pintura. Son patrimonio del abandono, guardianes del óxido y del comején. El Estado no las compra, no las restaura, no incentiva su recuperación… pero tampoco deja que el mercado respire. Es una obra maestra del equilibrio: nadie gana, todos pierden, pero la norma se cumple.
El agua llega dos veces por semana, lo cual nos permite practicar la disciplina del desierto sin salir del Distrito Nacional. La CAASD abre calles con entusiasmo arqueológico y luego nos deja contemplar zanjas como piezas de arte contemporáneo urbano. El asfalto es una promesa espiritual.
El tránsito es una experiencia sociológica: líneas de carros públicos atraviesan el sector libremente; el doble parqueo en calles de doble vía es una tradición nacional protegida por la cultura, y las oficinas públicas sin parqueos nos recuerdan que planificar sería demasiado fácil.
Los postes eléctricos sostienen una instalación artística permanente titulada “Cableado Expresionista en Caos Mayor”. La contaminación visual no es desorden: es una exposición colectiva sin curador. EDEESTE realiza mantenimientos frecuentes que, misteriosamente, no mejoran la eficiencia del circuito. Es una especie de mantenimiento filosófico: se hace por el valor del gesto.
Y como broche de oro, la donación estatal a FLACSO con el Instituto Escuela ha aportado al sector una dinámica vibrante de arrabalización académica. Ni la institución ni el Estado parecen notar que el experimento se les salió del aula.
Lo más fascinante de todo es nuestra adaptación. El dominicano ha perfeccionado la capacidad de sobrevivir sin reclamar. Hemos bajado la calidad de vida con una elegancia silenciosa para evitar el incómodo ejercicio de exigir orden.
Gazcue ya no es solo un sector: es un caso de estudio sobre cómo normalizar el deterioro sin perder el buen humor.
Por eso, si alguien me pregunta por qué entré a la junta de vecinos, la respuesta es simple: cuando la realidad supera la ficción, lo único que queda es la sátira… y la esperanza de que algún día deje de parecer un chiste.
