OPINIÓN ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ PARA 7 SEGUNDOS MULTIMEDIA.- Gobernar no puede ser un ejercicio de reacción inmediata frente al ruido de las redes sociales ni ante programas de investigación que, en muchos casos, emiten juicios antes de que existan verificaciones formales. Afectar reputaciones sin una auditoría previa —administrativa, financiera o forense— no solo es injusto, sino peligroso para la estabilidad institucional.
Es evidente que el gobierno se siente traicionado por alguien de su propio entorno, y esa herida parece haber generado una desconfianza generalizada. El problema surge cuando esa desconfianza conduce a reaccionar ante cualquier señal proveniente de influenciadores o programas de investigación, sin el debido contraste técnico. Así, se corre el riesgo de castigar antes de comprobar, y de sacrificar lealtades que son esenciales para gobernar.
Para algo existen las auditorías de gestión, de balance y las auditorías forenses. Si no confiamos en esos mecanismos, entonces estaríamos aceptando que las sociedades se rijan por rumores, por narrativas interesadas o, peor aún, por quien tenga “más saliva” para atacar al contrario. Ese no es un modelo de gobierno serio ni sostenible.
La sobrerreacción también tiene consecuencias humanas y políticas. Funcionarios que se sienten permanentemente bajo sospecha, sin respaldo del propio gobierno que los designó, difícilmente podrán actuar con compromiso y lealtad. Nadie trabaja bien sintiéndose perseguido o desechable ante la primera acusación pública.
La historia ofrece lecciones claras. Cuenta una anécdota que, al preguntarle a Dwight D. Eisenhower sobre Rafael Trujillo, alguien comentó que era “un hijo de p…”. Eisenhower habría respondido: “Sí, lo sé, pero es nuestro hijo de p…”. Más allá de la crudeza de la frase, el mensaje es claro: los gobiernos deben entender sus realidades, manejar sus contradicciones internas y actuar con frialdad estratégica, no con impulsos emocionales.
Gobernar exige carácter, pero también método. Exige prudencia, verificación y respaldo institucional. Si se confunde cada molino de viento con un enemigo, como Don Quijote, se termina debilitando al propio gobierno y afectando al país entero.
No se trata de encubrir errores ni de tolerar faltas reales, sino de actuar con rigor, con procesos claros y con justicia. Solo así se preservan las lealtades que todo gobierno necesita para cumplir su misión y evitar que el ruido termine sustituyendo a la verdad.
