OPINIÓN, ANDRÉS A. AYBAR, PARA 7 SEGUNDOS.- Hay quienes hablan con ligereza cuando el ruido es fuerte y la verdad aún no ha terminado de vestirse. Juzgan, señalan, reparten culpas como si la historia fuera simple y la realidad se dejara explicar en consignas. No advierten —o prefieren ignorar— que las palabras también están sujetas a la gravedad.

En tiempos de crisis, sobre todo cuando los acontecimientos sacuden instituciones y reputaciones, emerge una tentación peligrosa: opinar sin comprender, condenar sin contexto, moralizar desde la comodidad de la distancia. Es entonces cuando algunos escupen hacia arriba, convencidos de que la saliva no regresará.

La experiencia demuestra lo contrario.

Con el paso de los años, los procesos se aclaran, los expedientes se abren, las responsabilidades se individualizan y la justicia —lenta, imperfecta, pero persistente— comienza a separar el error del delito y la ignorancia de la mala fe. En ese recorrido, no pocos de los que se erigieron en jueces terminan atrapados en las mismas redes que decían combatir.

No se trata de celebrar caídas ajenas ni de ajustar cuentas tardías. Se trata de recordar una lección elemental: la prudencia no es cobardía, es sabiduría. El silencio informado vale más que el grito ignorante. Y la ética verdadera se demuestra en la coherencia de los actos, no en la estridencia de los discursos.

La historia reciente nos enseña que muchas condenas públicas nacen del desconocimiento técnico, del oportunismo o de la necesidad de protagonismo. Pero el tiempo —ese juez que no admite apelaciones— termina colocando a cada quien frente a su propio reflejo.

Por eso conviene hablar menos y entender más. Preguntar antes de sentenciar. Dudar antes de acusar. Porque quien convierte la crítica en espectáculo corre el riesgo de ser alcanzado, tarde o temprano, por sus propias palabras.

Y cuando la saliva cae, ya no hay forma elegante de esquivarla.