«Toda la desgracia de los hombres proviene de no saber permanecer en reposo en una habitación.» Blaise Pascal.
OPINIÓN, FELIX CORREA, PARA 7 SEGUNDOS.- Esta frase, que a primera vista parece sencilla, encierra una verdad profunda y actual. Vivimos en una sociedad marcada por la prisa, por la búsqueda constante de oro y plata, por el afán de hacerse ricos de la noche a la mañana. El ser humano moderno no sabe descansar; incluso cuando está sentado, su mente sigue corriendo. Si no es el trabajo, es la televisión; si no, el celular, los videojuegos o cualquier distracción que le impida enfrentarse al silencio y a sí mismo.
El descanso verdadero se ha vuelto casi un enemigo. Hoy confundimos reposo con ocio vacío, y productividad con valor personal. El resultado es una humanidad cansada, ansiosa y desconectada de lo esencial.
Recuerdo a mi abuelo sentado durante horas en su mecedora. No era que no tuviera nada que hacer; al contrario, había trabajado toda su vida. Pero entendía el valor del descanso, del silencio, del tiempo bien vivido. Sabía permanecer en reposo sin culpa, algo que hoy parece casi imposible.
La Palabra de Dios nos advierte con claridad: “El amor al dinero es la raíz de todos los males.” No es el dinero en sí, sino el lugar que ocupa en el corazón del hombre. También nos enseña que no se puede servir a Dios y al dinero al mismo tiempo. Esta advertencia no nos llama a la pereza ni a la mediocridad; al contrario, la Biblia nos invita a ser diligentes, responsables y trabajadores. Pero también nos recuerda que todo debe vivirse en equilibrio.
La Escritura dice que en vano madrugamos y nos afanamos por el pan, porque Dios lo concede incluso mientras dormimos. Es una invitación clara a confiar, a no hacer del trabajo y del dinero un ídolo que termina robándonos la vida.
El trabajo, el alimento, el vestido y los bienes materiales son dones de Dios. Por eso debemos cuidarnos de realizar actividades que quizás nos generen ingresos, pero nos quiten la paz, la familia, la salud y, en muchos casos, el alma.
Es doloroso observar una sociedad profundamente herida por el afán de “ser” y “tener”. Dios, al crearnos, ya nos dio el ser. Sin embargo, cuando nos separamos de Él y decidimos vivir únicamente según nuestra voluntad, perdemos de inmediato la conexión con la fuente de la vida.
El afán por ser y tener resulta inútil cuando recordamos que no sabemos ni el día ni la hora en que dejaremos esta tierra. Nuestra partida es segura; lo incierto es cuándo. Por eso, más que acumular, debemos reconciliarnos; más que correr, debemos volver a Dios.
Solo así podremos aspirar a una vida plena aquí y a una vida verdadera cuando esta llegue a su fin.
