OPINIÓN, ANDRÉS A AYBAR, PARA 7 SEGUNDOS.- Cada 24 de diciembre, España entra en una pausa antigua. Las calles se iluminan, las familias se reúnen, el pan se parte con intención ritual y el tiempo —por unas horas— deja de correr. Pero bajo la superficie cristiana de la Nochebuena, late otra memoria más antigua, silenciosa y persistente: la de Sefarad.

España no solo celebra la Navidad; hereda gestos. Muchos de ellos nacieron antes de 1492 y sobrevivieron al destierro. Encendemos luces cuando cae la noche, compartimos dulces de miel y almendra, prolongamos la sobremesa, hablamos en voz baja del pasado y del futuro. Todo eso también fue sefardí.

En ciudades como Toledo, Córdoba o Girona, la noche del 24 conserva una densidad especial. No es solo la liturgia cristiana la que ordena el calendario: es la costumbre de reunirse antes de que termine el día, de preparar la mesa con cuidado, de honrar a los ausentes. En muchas casas españolas, aún se deja un lugar simbólico para quien no está. Ese gesto —tan navideño— es también profundamente sefardí.

Los dulces tradicionales de esta fecha —turrones, mazapanes, pestiños— comparten ingredientes y técnicas con la repostería judía medieval: almendra molida, miel, aceite, canela. No es coincidencia. Es continuidad. La cocina fue uno de los refugios más resistentes de Sefarad, viajando de generación en generación, incluso cuando los nombres cambiaron.

También la palabra permanece. En expresiones del castellano antiguo, en la cadencia del habla familiar, en la forma de bendecir la mesa o desear paz, sobreviven ecos del ladino y de una espiritualidad doméstica que no necesitaba templos monumentales, sino hogares cohesionados.

La Nochebuena española no es solo celebración cristiana: es memoria compartida, es identidad superpuesta. España aprendió —a veces tarde— que no todo lo que expulsó desapareció. Algunas raíces se adaptaron, otras se escondieron, pero muchas permanecieron.

Hoy, cuando las luces navideñas brillan en Madrid, y las familias se sientan alrededor de la mesa, España vuelve a ser —aunque no siempre lo sepa— un cruce de memorias. Sefarad no se fue del todo. Se quedó en los gestos, en el pan compartido, en la noche que invita al recogimiento.

Y quizá por eso, cada 24 de diciembre, España no solo celebra un nacimiento: reconcilia su historia.

Feliz Nochebuena.
Que la luz sea también memoria.