OPINIÓN, ANDRES A. AYBAR, PARA 7 SEGUNDOS.- En su artículo “¡Te viraste!”, José Báez Guerrero ejerce un acto que siempre he considerado saludable en la vida pública: el derecho —y el deber— de revisar las propias posiciones a la luz de los hechos. Reconoce que se opuso al presidente Luis Abinader antes de 2020 y explica, con argumentos, por qué hoy simpatiza con su gestión, destacando logros en medio de crisis globales, estabilidad macroeconómica y una diplomacia que ha sabido plantarse frente a desafíos complejos.
Comparto buena parte de ese reconocimiento. También yo he sabido valorar aciertos del presidente y no dudo de su decencia personal ni de su deseo genuino de dejar el país mejor de como lo encontró. Cambiar de opinión ante la evidencia no es debilidad; es madurez intelectual. En eso coincidimos plenamente.
Sin embargo, mi posición actual es distinta en un matiz clave: mi optimismo es reservado.
No sé —y creo que muchos dominicanos tampoco— si el presidente realmente sabe más que todos, o si ha sido empujado, poco a poco, a una carretera política sin salida, diseñada por su propio partido, por entornos de poder y por seguidores que, lejos de proteger su liderazgo, terminan devorándolo. A veces da la impresión de que Luis Abinader gobierna más condicionado que acompañado, más cercado que respaldado.
Coincido con Báez Guerrero cuando señala que “hasta la voluntad se entapona”. Ahí está, a mi juicio, el nudo del problema. No basta con buenas intenciones ni con métricas positivas del pasado reciente cuando la ejecución se ralentiza, cuando los errores estructurales persisten y cuando la comunicación pretende sustituir al trabajo silencioso y arduo del Estado. La política no se resuelve en redes ni en titulares; se resuelve tomando decisiones incómodas.
El caso Senasa —al que alude el artículo como punto de inflexión— no es un hecho aislado: es un parteaguas moral y político. No porque invalide todo lo anterior, sino porque obliga a algo más que explicaciones: exige corrección, consecuencias y liderazgo. Lejos de “virarme”, como bien dice José Báez Guerrero, mi postura es la de alguien que quiere seguir creyendo, pero que ya no puede hacerlo sin condiciones.
El mayor riesgo para el país no es que un presidente falle; es que termine mal, arrastrado por inercias, silencios cómplices y un aparato político que confunde lealtad con obediencia ciega y crítica con traición. Al país —que no se acaba en 2028— le haría un daño profundo cerrar este ciclo con desencanto.
Por eso, más que un giro emocional, lo que hoy reclamo es carácter, ruptura con lo que estorba y una recuperación clara del timón. Si el presidente logra demostrar que quienes aún creemos en él no hemos sido nuevamente engañados por ingenuidad, entonces este momento no será recordado como el inicio del declive, sino como el punto de corrección.
Mi esperanza sigue viva.
Pero ya no es ingenua.
