OPINIÓN, ANDRÉS A AYBAR BÁEZ.- Mi generación creció escuchando consignas antiestadounidenses nacidas al calor de la Revolución de 1965. Eran los ecos de una juventud rebelde, marcada por la influencia de movimientos sociales y estudiantiles, y por el liderazgo firme y apasionado del doctor José Francisco Peña Gómez, quien buscaba restablecer la constitucionalidad quebrada tras el derrocamiento de Juan Bosch en 1963 mientras en Santo Domingo ardían las calles y se cruzaban dos visiones de país, yo observaba aquellos acontecimientos desde una academia militar de los Estados Unidos, convencido —a mis cortos años— de que nuestra ruta histórica, geográfica y estratégica siempre estaría ligada a la potencia que dominaba el hemisferio. Éramos, querámoslo o no, el “patio trasero” de la nación más poderosa del mundo, y esa realidad nunca la vi con vergüenza, sino con sentido de oportunidad.

Sin embargo, en ese momento soplaban vientos distintos: el antiamericanismo estaba de moda, y defender la alianza natural con Estados Unidos era motivo de críticas. A muchos, incluso a mí, nos llamaron “entreguistas”, igual que en el siglo XIX acusaron a mi propio antepasado, Buenaventura Báez, por intentar asegurar la estabilidad nacional mediante acuerdos con potencias extranjeras. La historia tiene ironías que solo el tiempo revela.

Hoy amanezco con una realidad que jamás imaginé ver en vida: la República Dominicana aplaudiendo —sin reservas— la llegada del Secretario de Guerra de los Estados Unidos, el recibimiento de nuestro gobierno, y la apertura de infraestructura estratégica, incluso aeropuertos, a la cooperación militar norteamericana.

El mismo país que en 1965 se dividió por este tema, hoy lo celebra sin sobresaltos. Es un giro geopolítico monumental.

Y en gran parte, este cambio no es improvisado: es la lectura correcta del tablero mundial que ha hecho el presidente Luis Abinader, quien entendió —quizás antes que muchos— que la seguridad nacional y el futuro económico de la República Dominicana están íntimamente ligados a la estabilidad del Caribe y al respaldo de Estados Unidos.

Lástima que el propio presidente Abinader se colocara tantos candados públicos para evitar una reelección extendida: en política, como decía Joaquín Balaguer, “el futuro solo lo conoce Dios”, y un estadista nunca debe atarse las manos antes de tiempo.

Pero más allá de simpatías políticas, los hechos hablan: Estados Unidos es el principal socio económico de la República Dominicana.
Más de dos millones de dominicanos viven en territorio estadounidense.
El país recibe más de 10 mil millones de dólares en remesas al año.
Somos la nación latinoamericana con más visados per cápita, después de México.
Las zonas francas, la aviación, el turismo y la seguridad regional dependen en gran medida de esa relación.
Y Washington mantiene una política histórica de préstamos, cooperación militar y respaldo multilateral.

Frente a esa realidad, sorprende que aún exista un pequeño núcleo —cada vez más silencioso— que se aferra a viejos discursos antiestadounidenses, quizás conscientes de que levantar demasiado la voz implica hoy arriesgar la visa que tanto valoran.

La historia, sin embargo, se está reescribiendo ante nuestros ojos:

El PRD de Peña Gómez, que en 1965 rechazó tajantemente la intervención norteamericana, es hoy el tronco histórico del PRM, partido que recibe con honores al Secretario de Guerra de los Estados Unidos.

Qué paradoja tan elocuente.

Lo que antes fue motivo de guerras, rupturas y acusaciones de traición, hoy es asumido como una alianza estratégica natural, necesaria y celebrada por la mayoría de los dominicanos.

Y aquí estoy yo, con mi conciencia tranquila: nunca me equivoqué defendiendo la importancia de la inversión, la presencia y la cooperación de Estados Unidos en nuestro territorio.

El tiempo, finalmente, ha dado la razón a quienes entendimos que la geopolítica no se guía por resentimientos, sino por intereses nacionales bien definidos. Y los intereses de la República Dominicana —ayer, hoy y mañana— están inseparablemente ligados a la estabilidad del hemisferio occidental.

Al Secretario de Guerra de los Estados Unidos, bienvenido a esta tierra que siempre ha sabido distinguir entre ideología y realidad.

Y a quienes critican o dudan, los invito a mirar el espejo de Cuba y Haití, y luego observar lo que ha sido nuestro desarrollo gracias a la apertura, la cooperación y el pragmatismo.

La historia se mueve. El mundo cambia.

Y esta vez, la República Dominicana ha decidido moverse en la dirección correcta.