OPINION, ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ, para 7 Segundos Multimedia.- A medida que se acercan las elecciones de 2028, el Partido Revolucionario Moderno (PRM) entra en una etapa decisiva que pondrá a prueba su madurez política. Tras dos períodos consecutivos en el poder, el partido oficial enfrenta el reto más complejo de cualquier organización que gobierna: escoger a su próximo candidato presidencial sin fracturarse. La historia del viejo PRD —de donde proviene el PRM— sigue siendo una sombra que lo persigue. Las luchas internas, los egos enfrentados y la falta de cohesión fueron las causas de su autodestrucción. La pregunta es si el PRM podrá evitar repetir ese destino.
Carolina Mejía representa la continuidad institucional y una de las candidaturas más sólidas. Ha ganado dos elecciones y su gestión en el Distrito Nacional se reconoce por su eficiencia y cercanía. Su apellido le da respaldo y estructura, pero también la obliga a demostrar independencia política y liderazgo propio. Es la figura femenina con mayor proyección nacional y cuenta con la simpatía de la segunda gran corriente interna del partido. Sin embargo, fuera de la capital deberá ampliar su influencia y lograr que los viejos cuadros partidarios no la vean como la candidata de una familia, sino de una causa.
David Collado, en cambio, es el candidato de la gestión y de la imagen. Popular, pragmático y eficaz, ha sabido mantenerse en el centro de la opinión pública sin escándalos ni confrontaciones. Sus números en las encuestas lo colocan entre los políticos mejor valorados del país, pero su problema está dentro, no fuera del PRM. Muchos dirigentes lo perciben como independiente, un hombre con respaldo ciudadano pero sin raíces profundas en la militancia. Si logra romper ese cerco, podría ser un contendiente de peso. Si no, es probable que lo empujen a buscar su propio espacio político.
Guido Gómez Mazara encarna la disidencia intelectual del partido. Brillante, combativo y con un discurso de regeneración moral, ha sido siempre la voz que desafía la complacencia del poder. Desde el INDOTEL ha ganado visibilidad, pero su pasado familiar sigue pesando entre sectores conservadores. Paradójicamente, su fortaleza es su independencia, y su debilidad, la falta de alianzas fuertes. Para muchos, es el “conciencia crítica” del PRM, pero en política las conciencias suelen perder ante las maquinarias. Su desafío será convencer a los suyos de que la coherencia también puede ganar elecciones.
Raquel Peña simboliza la carta institucional. Como vicepresidenta, ha demostrado solvencia administrativa y discreción, cualidades escasas en la política dominicana. Su cercanía al presidente Abinader y su perfil técnico le dan ventaja en un ambiente que valora la estabilidad. Pero su principal debilidad es no haber pasado por el fuego electoral directo. Su imagen es de confianza, no de fervor. Si el proceso interno se basa en estructuras partidarias, podría verse en desventaja frente a figuras con base territorial más sólida.
Yayo Sanz Lovatón es el rostro de la gestión moderna. En la Dirección de Aduanas ha mostrado capacidad administrativa y lealtad institucional. Sin embargo, su liderazgo se percibe más técnico que político, más cercano al presupuesto que a la base. Su desafío será transformar la eficiencia en empatía, el cargo en respaldo real, porque la política no premia solo los resultados, sino la conexión humana.
En ese mismo plano emerge Wellington Arnaud, director del Gabinete del Agua, quien ha sabido ganarse espacio con trabajo constante, presencia territorial y un discurso de gestión limpia. Su proyecto de modernización del sector hídrico lo ha colocado como un referente de eficiencia y transparencia. Representa a la nueva generación del PRM, menos ideológica y más pragmática, con vocación de servicio público. En las encuestas internas empieza a figurar con fuerza, aunque todavía necesita consolidar una estructura partidaria nacional y un relato político propio.
El gran problema del PRM no está en la falta de líderes, sino en el exceso de ellos. Todos tienen méritos, historias y aspiraciones legítimas. Pero de ellos solo uno podrá ser candidato, y los demás deberán acompañar con entusiasmo al escogido. Esa será la verdadera prueba del fuego. En el pasado, el PRD se desangró por no entender que el poder sin unidad es un espejismo. Si el PRM cae en la misma trampa de personalismos, revanchas o cálculos internos, corre el riesgo de ver desvanecerse en pocos años la fortaleza que hoy ostenta.
El desafío, entonces, no será quién gane las primarias, sino cómo se comporten los que pierdan. Si predomina la madurez política y el respeto al resultado, el PRM podrá consolidarse como el partido hegemónico del siglo XXI. Si no, la historia volverá a repetirse con los mismos protagonistas cambiando de nombre, pero no de destino. Porque la verdadera lucha del PRM no está contra la oposición, sino contra sus propios fantasmas.
