OPINIÓN, ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ, para 7 SEGUNDOS.- Hace más de dos décadas, cuando presidía una cámara de comercio de gran relevancia en la República Dominicana, me tocó vivir un episodio que marcaría mi visión sobre el manejo de la deuda externa del país. En ese momento, el Gobierno se preparaba para realizar la primera emisión de bonos soberanos en la historia dominicana.

Como banquero y como dominicano, expresé públicamente mis reservas. Prefería que el financiamiento viniera de organismos multilaterales como el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), donde trabajó mi padre, porque estos no solo ofrecían condiciones financieras más estables, sino que ejercían un estricto control sobre la ejecución de los proyectos. A mi entender, los bonos soberanos representaban una carta abierta para que los gobiernos de turno dispusieran del endeudamiento sin la supervisión adecuada, abriendo la puerta a usos que no necesariamente respondieran a prioridades de desarrollo.

Recuerdo que el mismo día en que hice esas declaraciones, fui invitado a un almuerzo en una embajada en Santo Domingo que representaba a la cámara de comercio a la que yo debía mi compromiso institucional. Durante la actividad, me informaron que tenía una llamada telefónica. Me sorprendió, pues nadie sabía que estaba allí. Al contestar, era un alto ejecutivo de un prestigioso banco norteamericano, para el cual yo había trabajado anteriormente. Me pidió, con cortesía pero con firmeza, que no continuara oponiéndome públicamente a la emisión de bonos soberanos, ya que el gobierno que esa embajada representaba apoyaba la iniciativa.

Esa experiencia me hizo comprender que estábamos entrando en una nueva etapa del endeudamiento nacional. Lo que en ese momento vi como un riesgo se ha confirmado con el paso de los años: la libertad de emisión de deuda, sin la disciplina de los organismos multilaterales, se convirtió en un instrumento utilizado por gobiernos de todos los signos políticos, muchas veces para cubrir gastos corrientes, financiar campañas electorales o sostener estructuras estatales ineficientes, y solo en menor medida para proyectos productivos que generen retorno económico.

Venía de una escuela económica marcada por la prudencia y la austeridad, como la que caracterizó al gobierno del Dr. Joaquín Balaguer, y me resultaba preocupante que se abriera esta puerta sin un marco estricto de control. Hoy, veinticinco años después, los resultados son visibles: una carrera de endeudamiento que ha hipotecado al país por generaciones, con compromisos que deberán pagar nuestros hijos y nietos.

No pretendo señalar culpables individuales, pues todos los gobiernos desde el año 2000 han participado en este proceso, unos más que otros. Mi intención es compartir este testimonio para que entendamos que el problema no es la deuda en sí, sino el uso que se le da y la ausencia de proyectos productivos que permitan pagarla sin sacrificar el futuro.

Este fue, en mi experiencia, el verdadero origen de los famosos bonos soberanos que hoy forman parte central de la deuda externa dominicana. El veredicto lo dejo a ustedes: la historia y la economía serán, al final, los jueces de nuestras decisiones colectivas.