Crónica de una búsqueda ancestral para 7 Segundos Multimedia

OPINIÓN, ANDRÉS AYBAR BÁEZ– En lo alto de la colina de la Sabika, donde la ciudad de Granada se abraza al cielo entre naranjos y cipreses, se alza la Alhambra. No es solo un palacio, ni una fortaleza: es un poema en piedra, una ciudad palaciega erigida para conmover el alma. Cada fuente, cada arabesco, cada bóveda de mocárabes parece murmurar una historia que se niega a morir.

Para quienes llevamos sangre sefardí en las venas, la Alhambra es más que un monumento; es un símbolo de un mundo brillante que nuestros ancestros ayudaron a construir… y del que fueron violentamente arrancados. En esta tierra donde florecieron la poesía, la ciencia y la espiritualidad bajo la convivencia de musulmanes, cristianos y judíos, la comunidad hebrea dejó una huella profunda, particularmente en Granada, esa joya de Al-Ándalus que, junto a Córdoba y Toledo, iluminó la Edad de Oro sefardí.

Cerca de los muros de la Alhambra, en la colina opuesta del Albaicín, floreció una aljama judía célebre por sus médicos, sabios, astrónomos y traductores. Era un mundo donde un poeta judío podía escribir en hebreo y en árabe, donde un sabio sefardí podía colaborar con el emir. Pero en 1492, mientras los Reyes Católicos tomaban posesión de la Alhambra tras la rendición del sultán Boabdil, también firmaban el decreto que expulsó a todos los judíos de sus reinos.

La ironía de ese momento es trágica: el esplendor nazarí que fue testigo de siglos de convivencia se convirtió en el escenario de una de las heridas más profundas de nuestra historia. Para muchos expulsados —como probablemente lo fueron los antepasados de los López Penha, que luego llegarían a Curazao y más tarde a Azua en el Caribe dominicano— Granada se volvió un recuerdo doloroso, pero también luminoso. En sus cantos, en sus refranes ladinos, en sus relatos familiares, la Alhambra pasó a ser una especie de Jerusalén occidental: símbolo de belleza, de añoranza y de exilio.

Caminar hoy por sus patios, como lo he hecho durante este recorrido por el sur de España y Portugal, es escuchar los ecos de esas historias silenciadas. Desde Sevilla hasta Córdoba, desde Lisboa hasta Granada, siento que he ido desandando el camino del destierro, buscando las huellas invisibles que aún laten bajo los adoquines y los nombres antiguos. Y en la Alhambra, esos ecos resuenan con fuerza: no solo en el mármol, sino en el alma.

Este viaje no es solo una exploración cultural. Es un acto íntimo, un homenaje a Moisés Benjamín López Penha Levy, y a mi madre Rhina Báez López Penha, quien nos inculcó el valor del conocimiento, la lealtad y el orgullo por nuestras raíces. Hoy, tres generaciones después, seguimos honrando esa memoria con nuestras propias vidas y decisiones. Porque como reza el proverbio: honrar, honra.

Agradezco en esta entrega a mi hijo Andrés Gustavo Aybar Uribe, quien con su amor, su ejemplo y sus preguntas esenciales me motivó a buscar nuestras raíces hasta lograr, gracias al decreto de reparación histórica del Reino de España, obtener la nacionalidad española como descendiente de la comunidad sefardí injustamente expulsada en 1492.

Por eso incluimos en este relato imágenes de las generaciones actuales: de quien escribe, Andrés Aybar Báez, y de mi hijo Andrés Gustavo Aybar Uribe, junto a su esposa Nicole Reichert, símbolos de esa continuidad, de ese legado que no se extingue, sino que se transforma y se reafirma.

La Alhambra, en su silencio majestuoso, guarda la memoria de un mundo perdido y posible. Y para nosotros, los descendientes de Sefarad, pisar sus patios ha sido un regreso: al origen, a la historia, y a una parte de nosotros mismos que, a pesar del tiempo y el exilio, sigue viva y agradecida.