OPINIÓN, por Andrés Aybar Báez.- Hay momentos en la historia de un país en los que se pierde el equilibrio entre la verdad, la justicia y la necesidad política de enviar señales. La crisis bancaria dominicana de del año 2003 fue uno de esos momentos. Oficialmente se habló de tres bancos implicados, pero en realidad fueron cuatro. Y más allá de los nombres, lo que se desplomó fue un sistema completo, con prácticas generalizadas, toleradas y en muchos casos promovidas desde las más altas instancias.

En ese contexto, se buscaban culpables visibles. Se necesitaban rostros. Y allí estuvimos varios, cargando el peso de una crisis incubada por años, bajo el silencio institucional y la fragilidad regulatoria. No se trató de decisiones individuales en un vacío, sino de un ecosistema financiero estructuralmente debilitado, que operaba bajo una supervisión deficiente y una economía cada vez más dolarizada.

Lo más grave fue la pérdida de coherencia del propio Estado. Influenciado por tecnócratas con agendas particulares, se tomaron decisiones que resultaron letales para la estabilidad nacional. El entonces presidente, que creo actuaba con buena intención, no supo identificar la magnitud del desajuste. Permitió, quizás sin plena conciencia, que se deslizara la tasa de cambio en un sistema bancario que no tenía cómo responder a los depósitos en dólares. Lo demás fue una implosión inevitable.

Julio Cross Frías, quien formó parte de los entes reguladores de la época, lo describe con precisión en su libro “Develando trampas”. Allí narra cómo el Estado no tenía capacidad de respuesta, y cómo esa debilidad estructural agudizó la tormenta. El relato desmonta la idea de que la crisis fue causada por decisiones individuales aisladas. Fue más bien una suma de negligencias, omisiones y errores estratégicos, tanto públicos como privados.

Desde la distancia que da el tiempo —y también desde el dolor de lo vivido— solo me queda una reflexión: ningún país debe permitir que se fabriquen precedentes sacrificando personas para proteger estructuras que ya estaban podridas. El verdadero precedente que debe quedar es el del aprendizaje. Que nunca más se use la justicia como herramienta de oportunidad política. Que no volvamos a esconder la responsabilidad colectiva detrás de unos cuantos nombres.

Una crisis puede tener muchos culpables. Pero no deben ser solo unos pocos los que paguen su precio.