OPINIÓN, ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ para 7 Segundos Multimedia.- Hay personas que cumplen años. Y hay otras que, al cumplirlos, celebran también una vida que ha dejado huellas profundas en un país. Don Peppino Bonarelli pertenece a este segundo grupo.

Celebrar sus 80 años es rendir homenaje a un hombre que hizo del trabajo una filosofía de vida, de la familia su mayor patrimonio y del emprendimiento una forma de agradecer a la República Dominicana, el país que abrió sus brazos a la familia Bonarelli cuando llegó desde Nápoles, Italia, en la década de 1950.

Su historia comenzó con el ejemplo de sus padres, Annibale Bonarelli e Inmacolata Pascale, quienes levantaron El Vesuvio en 1954, un restaurante que terminó convirtiéndose en un símbolo de la gastronomía y de la vida social dominicana. Aquella visión nacida a la sombra del Vesubio encontró frente al Malecón de Santo Domingo una nueva tierra para florecer.

Pero Peppino no se conformó con preservar ese legado.

Lo multiplicó.

Comprendió que los grandes negocios evolucionan sin perder sus raíces y transformó el apellido Bonarelli en sinónimo de calidad, innovación y confianza.

Con Pizzarelli, llevó la auténtica pizza italiana al corazón de los dominicanos, creando recuerdos familiares que aún hoy permanecen vivos en varias generaciones.

Con El Catador, hizo algo todavía más extraordinario: enseñó a un país a descubrir la cultura del vino. No solo importó etiquetas; educó paladares, creó una cultura de apreciación y convirtió el vino en parte de la mesa y de las celebraciones dominicanas.

Eso también es hacer patria.

Porque los países no solo crecen con carreteras o edificios; también crecen cuando personas visionarias elevan su cultura gastronómica, crean empleos, desarrollan empresas familiares y construyen instituciones que sobreviven al paso del tiempo.

Junto a su querida Rosina (Rossy) Schiffino, formó una familia ejemplar. Sus hijos y nietos representan la continuidad de unos valores que nunca pasaron de moda: honestidad, disciplina, trabajo, humildad y respeto por las personas. Hoy ellos continúan fortaleciendo el legado empresarial y humano construido durante décadas.

Quienes conocemos a Peppino sabemos que detrás del exitoso empresario existe un hombre sencillo, noble, generoso con sus amigos, buen conversador, excelente padre, orgulloso abuelo y un dominicano por decisión del corazón.

Su vida demuestra que el verdadero éxito no consiste únicamente en construir empresas.

Consiste en construir personas.

En dejar un apellido que inspire respeto.

En lograr que, al mencionar “Bonarelli”, los dominicanos pensemos inmediatamente en calidad, tradición, trabajo y familia.

Don Peppino:

Hoy celebramos ochenta años de una vida extraordinaria.

Ochenta años de trabajo silencioso.

Ochenta años sembrando valores.

Ochenta años honrando la memoria de sus padres y engrandeciendo el legado que ellos iniciaron.

Gracias por enseñarnos que el emprendimiento puede caminar de la mano con la ética; que el éxito no está reñido con la humildad; y que una familia unida sigue siendo la empresa más importante que puede construir un ser humano.

Que Dios le conceda muchos años más de salud, alegría y paz, para seguir disfrutando de su hermosa familia, de sus amigos y del inmenso cariño de un pueblo que también siente suyo el legado Bonarelli.

¡Feliz cumpleaños número 80, Don Peppino!

La República Dominicana le agradece mucho más de lo que quizás usted imagina.