OPINIÓN, ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ, para 7 Segundos Multimedia.- Cada 27 de febrero los dominicanos despertamos con el pecho inflado, la bandera ondeando en el balcón y un patriotismo que no cabe en la sala. Recordamos a Juan Pablo Duarte, el idealista incorruptible; a Francisco del Rosario Sánchez, el valiente que sostuvo la causa cuando todo tambaleaba; y a Matías Ramón Mella, que con un trabucazo nos enseñó que a veces la historia necesita ruido para empezar.
Ese día, todos somos próceres de balcón. Cantamos el himno con voz de tenor, aunque el resto del año lo confundamos con el merengue del momento. Compartimos frases de Duarte en redes sociales —muchas veces mal citadas, pero bien intencionadas— y hablamos de soberanía como si la hubiéramos redactado nosotros mismos la noche anterior.
El desfile militar avanza impecable, las bandas suenan, los uniformes brillan, y el discurso oficial promete que ahora sí, ahora sí vamos a cumplir el sueño trinitario. Mientras tanto, el dominicano promedio, atrapado en el tapón camino al malecón, reflexiona profundamente sobre la libertad… especialmente la libertad de movimiento que no tiene en ese momento.
El 27 es el día en que todos defendemos la patria con firmeza, pero al día siguiente volvemos a discutir quién debe pagar la luz, quién recoge la basura y quién arregla el hoyo de la esquina. Celebramos la independencia política mientras dependemos emocionalmente del colmado fiado y del “mañana resolvemos”.
Es también la fecha en que los políticos invocan a Duarte con solemnidad casi religiosa. Duarte soñaba con una República austera, justa y moral. Nosotros soñamos con que el lunes sea feriado trasladable. Él hablaba de virtud cívica; nosotros preguntamos si el desfile será largo y si habrá parqueo.
Sin embargo, entre la sátira y el relajo, hay algo profundamente verdadero: el 27 de febrero no es solo una fecha histórica. Es el recordatorio anual de que esta nación nació por decisión, por carácter y por valentía. No fue casualidad, fue voluntad.
Tal vez por eso nos gusta celebrarlo con tanto ruido, tanta música y tanta emoción. Porque en el fondo sabemos que, pese a nuestras contradicciones, seguimos siendo ese pueblo que un día decidió ponerse los pantalones largos y decir: “Hasta aquí”.
Y aunque el 28 volvamos al tapón, a la factura y a la queja, el 27 nos recuerda que, al menos una vez al año, todos llevamos un poquito de Duarte en el pecho… aunque sea hasta que se acaben los fuegos artificiales. 🇩🇴
