OPINIÓN, ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ.- Cada 21 de enero, el pueblo dominicano se detiene, mira al cielo y vuelve el corazón hacia Nuestra Señora de la Altagracia, madre espiritual de la nación y presencia constante en nuestra historia. No es una devoción ocasional ni una tradición folclórica: es una relación viva, profunda y cotidiana entre un pueblo creyente y la Madre que ha sabido acompañarlo en la bonanza y en la prueba.
Desde Higüey, donde su imagen preside el santuario que convoca a multitudes, la Virgen de la Altagracia se ha convertido en símbolo de protección, consuelo y esperanza. Bajo su manto han orado generaciones de dominicanos: campesinos y citadinos, emigrantes y residentes, jóvenes y ancianos; todos unidos por la certeza de que no caminamos solos.
A lo largo de los momentos más complejos de nuestra vida nacional —crisis económicas, desastres naturales, incertidumbres sociales y familiares— la fe en la Virgen ha sido un punto de apoyo silencioso pero firme. Ella no resuelve los problemas por decreto, pero fortalece el espíritu, inspira prudencia, templa el carácter y recuerda que la nación se construye con valores, solidaridad y responsabilidad compartida.
Agradecer hoy a la Virgen de la Altagracia es también agradecer la identidad dominicana: esa mezcla de fe, resiliencia, alegría y capacidad de levantarnos una y otra vez. Es reconocer que, más allá de diferencias políticas o sociales, existe un hilo común que nos une como pueblo y que nos llama a cuidar la casa común, a proteger a los más vulnerables y a actuar con sentido de justicia.
En este día de su festividad, elevamos una gratitud sincera por su apoyo permanente a la República Dominicana, por su intercesión constante ante Dios y por recordarnos que la grandeza de una nación no se mide solo en cifras, sino en la calidad humana de su gente.
Que la Virgen de la Altagracia siga acompañando a nuestra querida República Dominicana, dentro y fuera de sus fronteras, y que su ejemplo de humildad y confianza nos inspire a construir un país más unido, más solidario y más digno para las generaciones que vienen.
