OPINIÓN, ANDRÉS A. AYBAR, PARA 7 SEGUNDOS.- Amanecer con una imagen de la embajadora de los Estados Unidos en la República Dominicana, Leah Campos, visitando la Basílica Nuestra Señora de la Altagracia, en Higüey, junto al obispo Jesús Castro Marte, en la provincia La Altagracia, y en presencia de sus padres, es un gesto profundamente significativo.
No se trata de un acto protocolar ni de una puesta en escena política. Es, más bien, una manifestación de fe vivida en familia, de convicciones personales que anteceden a cualquier cargo público. En un mundo saturado de gestos calculados, esta imagen transmite autenticidad, respeto cultural y sensibilidad hacia la identidad espiritual del pueblo dominicano.
Este acto adquiere mayor relevancia si se observa el contraste con etapas recientes de la diplomacia estadounidense, caracterizadas por un activismo ideológico poco armonizado con la realidad cultural y religiosa de nuestro país. La República Dominicana es una nación de profundas raíces cristianas, y todo ejercicio diplomático gana legitimidad cuando se acerca a los pueblos con comprensión, respeto y prudencia.
El cambio de tono que se percibe hoy, bajo la actual administración estadounidense encabezada por el presidente Donald Trump, representa para muchos un respiro institucional y una oportunidad de reenfocar la relación bilateral sobre bases de respeto mutuo, valores compartidos y realismo cultural.
En lo personal, este momento despierta recuerdos hondos. Tras la caída de la dictadura de Trujillo en 1961, mi familia se trasladó a Puerto Rico con el respaldo y la solidaridad de la embajada estadounidense. A los diez años inicié un periplo vital por los Estados Unidos que incluyó estudios en una academia militar en Virginia y luego en la universidad en Indiana. Viví una nación fuerte, ordenada, orgullosa de sus valores y de su historia, que supo capitalizar el sacrificio de las guerras mundiales sin perder su brújula moral.
No fue sino hasta entrado el nuevo siglo cuando muchos comenzamos a percibir una deriva ideológica que tensó innecesariamente el tejido social y cultural. Por eso, gestos como el de la embajadora Campos no pasan desapercibidos: reconectan, reafirman y devuelven esperanza.
Que esta visita haya tenido lugar el 6 de enero, Día de Reyes, añade un simbolismo especial. Para el pueblo dominicano, ha sido un verdadero regalo de Reyes: un recordatorio de lo que somos, de lo que valoramos y de lo que no debemos perder.
Gracias, embajadora Leah Campos, por este gesto de respeto y cercanía. Su acción honra la relación entre ambas naciones y contribuye a que la República Dominicana se reencuentre consigo misma, con serenidad, dignidad y fe.
