OPINIÓN, GREGORY PANIAGUA.- La reciente escogencia de Juan Garrigó Mejía como secretario general del PRM, sustituyendo precisamente a su madre, Carolina Mejía, debería abrir un debate que va mucho más allá de una persona o de un partido: ¿hasta qué punto estamos normalizando la política como una herencia familiar?

No pretendo descalificar a Garrigó. Es un joven preparado, con formación académica y experiencia política. Ser hijo de Carolina Mejía y nieto del expresidente Hipólito Mejía tampoco debería impedirle desarrollar una carrera política.

Pero una cosa es tener derecho a participar y otra muy diferente es preguntarnos si, en igualdad de condiciones, su trayectoria lo habría colocado por encima de tantos dirigentes y jóvenes perremeístas que llevan años construyendo esa organización.

Ese es el verdadero debate.

¿Qué mensaje recibe el militante que lleva 15, 20 o 30 años trabajando cuando observa que uno de los cargos más importantes del partido pasa directamente de una madre a su hijo?

No es lo mismo ser hijo de un político, participar en un proceso competitivo, enfrentarse a otros aspirantes y ganar con el voto de las bases, que llegar mediante una plancha de consenso donde prácticamente no existe competencia.

Lo primero fortalece la legitimidad. Lo segundo inevitablemente genera preguntas.

¿Y el mérito de los demás?

El caso de Gloria Reyes también merece atención. Estamos hablando de una dirigente con años de militancia, experiencia electoral, trayectoria gubernamental y liderazgo propio.

No significa que la Secretaría General le perteneciera. Ningún cargo partidario debería pertenecerle anticipadamente a nadie. Precisamente ese es el punto.

Ni a Gloria, ni a Juan, ni a Carolina, ni a ningún apellido.

Los espacios deberían conquistarse mediante trabajo, competencia y legitimidad.

También debemos pensar en los cientos de jóvenes militantes que estudian, se preparan, recorren barrios, trabajan en elecciones y construyen estructuras.

¿Qué les estamos diciendo?

¿Que deben continuar trabajando y preparándose o que, además del talento y el esfuerzo, necesitan pertenecer a la familia correcta?

Un problema que no es exclusivo del PRM

Sería injusto presentar esto como un problema únicamente del PRM. Las dinastías políticas existen en prácticamente todos nuestros partidos.

Por eso podríamos comenzar a hablar de una especie de “nepotismo partidario”: no necesariamente en el sentido jurídico, sino como una cultura donde los vínculos familiares terminan ofreciendo ventajas extraordinarias frente a quienes llevan años construyendo una carrera política.

Y América Latina tiene ejemplos extremos de hasta dónde puede llegar esa cultura.

En Nicaragua, el movimiento sandinista que ayudó a terminar con la dinastía de los Somoza terminó décadas después concentrando enormes espacios de poder alrededor de otra familia: los Ortega-Murillo. Daniel Ortega, su esposa Rosario Murillo y varios de sus hijos han ocupado o ejercido posiciones de enorme influencia política, diplomática y económica.

Naturalmente, no estoy comparando al PRM ni a la democracia dominicana con el régimen nicaragüense. Sería absurdo hacerlo. El ejemplo simplemente demuestra por qué las democracias deben evitar normalizar la idea de que el poder pertenece a determinadas familias.

Cuando la herencia política termina afectando la democracia

Pero el problema no termina dentro de los partidos.

Cuando normalizamos estas prácticas, también podemos debilitar la democracia y la confianza de la sociedad en sus instituciones.

Los partidos son una de las principales puertas de entrada al poder político. De ellos salen nuestros candidatos a presidentes, senadores, diputados, alcaldes y regidores.

Por eso, si dentro de esas organizaciones comienza a imponerse la percepción de que el apellido, los vínculos familiares o la cercanía con determinados grupos pesan más que el mérito y la competencia, tarde o temprano esa misma cultura puede trasladarse al Estado.

¿Para qué un joven va a involucrarse en política, prepararse durante años, trabajar en su comunidad y construir una trayectoria si termina creyendo que las oportunidades importantes están reservadas para quienes nacieron dentro de determinadas familias?

Ahí está uno de los mayores peligros.

Cuando el ciudadano deja de creer que puede participar y competir en igualdad de condiciones, no solamente pierde confianza en un partido: comienza a perder confianza en la democracia misma.

Y una democracia donde las personas sienten que el poder circula siempre entre los mismos apellidos corre el riesgo de convertirse en una democracia formalmente abierta, pero socialmente cerrada.

Eso genera frustración, indiferencia y alejamiento de la política. Y quizás lo más peligroso es que la sociedad termine aceptando como normal que unos tengan que conquistar durante décadas lo que otros pueden alcanzar mediante cercanía, influencia o apellido.

Por eso este debate no debe reducirse a Juan Garrigó, Carolina Mejía, Gloria Reyes o al PRM. Tampoco podemos señalar estas prácticas solamente cuando ocurren en el partido contrario.

Esta es una discusión sobre la democracia que queremos dejarles a las próximas generaciones.

Ser hijo de un político no debería impedirte llegar.

Pero tampoco debería garantizarte llegar primero.

Porque los partidos no son propiedades familiares, el Estado no es un patrimonio y la democracia no puede convertirse en una sucesión de apellidos.

La política no debería heredarse. Debería conquistarse.

Y cuando una sociedad comienza a confundir liderazgo con linaje, el problema deja de ser de un partido:

el problema pasa a ser de la democracia.