OPINIÓN, ANDRÉS AYBAR BÁEZ, PARA 7 SEGUNDOS.- Conocí a Luz Plaza de Polanco en una etapa muy especial de mi vida, cuando mi padre fue representante del BID en Quito, Ecuador. Durante esos años, tuve la oportunidad de estudiar en el Colegio Americano de Quito, institución cuya presidencia ostentaba don Galo Plaza Lasso, padre de Luz, figura de gran prestigio y referente de una generación marcada por el servicio público y la visión institucional.
Esa misma formación académica me abrió las puertas para continuar mis estudios en la Universidad de Northwood, con la cual existía una estrecha relación académica, consolidando así un camino educativo profundamente influenciado por ese entorno.
Luz, ya casada con el prestigioso arquitecto dominicano Manuel Polanco, con quien formó una familia ejemplar, fue siempre una figura de cercanía y distinción. Junto a sus hijos, mantuvieron una relación entrañable con mis padres y mi hermano durante los años que residimos en Quito. Fueron tiempos de convivencia y afecto que dejaron recuerdos imborrables de una familia de estirpe, pero sobre todo de valores.
La vida, con sus giros curiosos y casi mágicos, quiso que años después, ya de regreso Luz en Santo Domingo, su hijo Marco contrajera matrimonio con la hija de Jaime Vega López Penha, pariente nuestro por su línea materna. Una de esas coincidencias que confirman cómo los caminos bien vividos tienden a reencontrarse.
Hoy, al evocarla, no solo recordamos a una persona, sino a una época, a una forma de vivir con elegancia natural, sin artificios, con propósito.
Son recuerdos que no se borran, porque pertenecen a una vida bien vivida… y a los verdaderos valores que la sostienen.
