OPINIÓN, ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ PARA 7 SEGUNDOS MULTIMEDIA.– Durante décadas, unos pocos tuvieron algo más poderoso que una buena pluma: tenían la imprenta, los correctores, los editores y, sobre todo, la puerta de entrada a la opinión pública.
Si usted no pertenecía al medio, no conocía al director o su nombre no tenía suficiente peso, podía escribir un magnífico artículo… y terminar guardándolo en una gaveta.
Eso cambió.
Primero llegó la computadora. Después los procesadores de texto, los correctores ortográficos y gramaticales, Internet, las redes sociales y ahora la inteligencia artificial.
Herramientas que antes estaban detrás de las paredes de las grandes empresas periodísticas hoy están al alcance de un profesor, un estudiante, un profesional o cualquier ciudadano con algo interesante que decir.
Y ahí parece comenzar cierta incomodidad.
Algunos periodistas e intelectuales tradicionales se rasgan las vestiduras porque aparecen artículos bien estructurados y correctamente escritos fuera de las redacciones tradicionales.
Pero conviene recordar algo:
¿Acaso los periodistas escribían solos?
Tenían correctores de estilo, editores, jefes de redacción, archivos, investigadores, diagramadores y costosos sistemas tecnológicos que el ciudadano común no podía pagar.
La tecnología no inventó esa asistencia.
La democratizó.
Naturalmente, tener un corrector o una inteligencia artificial no convierte a nadie en intelectual. Una prosa impecable puede esconder una idea mediocre y un texto bellamente presentado puede contener falsedades.
El pensamiento, el criterio, la experiencia y la responsabilidad siguen perteneciendo al autor.
Pero si una persona tiene una idea propia y utiliza la tecnología para corregir su ortografía, organizar mejor sus argumentos o presentar profesionalmente su pensamiento, ¿por qué habría que descalificarla?
Quizás porque el verdadero cambio no está ocurriendo en la escritura.
Está ocurriendo en el poder.
Antes había que preguntar:
“¿Quién me publica?”
Hoy basta preguntarse:
“¿Qué tengo que decir?”
Las redes sociales eliminaron al portero.
Un estudiante universitario puede publicar un análisis esta mañana y alcanzar más lectores que una columna tradicional. Un académico desconocido puede construir su propia audiencia. Un creador digital puede acumular tal influencia que incluso termine convirtiéndose en actor político o aspirante a posiciones que anteriormente parecían reservadas para quienes recorrían los canales tradicionales.
Eso puede gustarnos o preocuparnos.
Pero ya ocurrió.
Por eso el periodismo tradicional no debe combatir las nuevas voces. Debe competir con ellas mediante aquello que siempre debió constituir su verdadera fortaleza: credibilidad, investigación, rigor y calidad.
Habrá basura en las redes.
También habrá pensamiento extraordinario.
Como siempre lo hubo dentro y fuera de las redacciones.
La diferencia es que ahora nadie necesita pedir permiso para entrar en la plaza pública.
Y quizás esa sea la parte que algunos todavía no terminan de aceptar.
La imprenta fue un privilegio.
La redacción fue una puerta.
Internet abrió esa puerta.
Las redes derribaron las paredes.
Y la inteligencia artificial puso muchas de las antiguas herramientas editoriales en manos de todos.
No se rasguen las vestiduras porque otros tengan ahora las herramientas que antes estaban reservadas para unos pocos.
Produzcan mejores ideas.
Porque el monopolio que realmente terminó no fue el de pensar.
Fue el de decidir quién tenía derecho a ser leído.
