OPINIÓN, ANDILIS ALMONTE.- Este domingo 8 de marzo se conmemoró, una vez más, la lucha de las mujeres trabajadoras por ganar sus derechos y reconocimiento. Nótese que señalo intencionalmente “conmemoración de la lucha”, puesto que en la actualidad he notado una tendencia en muchas mujeres a “permanecer en guerra”, aun cuando ya no estamos en el mismo contexto que dio origen a este fenómeno.

¿Por qué lo digo? ¿Por qué lo cuestiono si igualmente soy mujer?

Porque nos hemos perdido buscando una validación que, muchas veces, termina invalidando otras realidades para justificar la posición que creemos merecer en los espacios donde nos hacemos presentes.

Un ejemplo que me motivó a escribir este artículo fue el reciente comentario de la actual ministra de la mujer, Gloria Reyes, quien señaló la dificultad que también existe en ser hombre en una sociedad como esta.

Por esas palabras fue prácticamente “linchada” por mujeres, periodistas, comunicadoras y ciertas figuras de opinión que, al parecer, entienden que la mujer es el único ser con complejidades y luchas dignas de ser expuestas.

Porque nadie puede decir un comentario que valide la realidad o en favor de un hombre según “las eternas víctimas”, así leí en el comentario de una ciudadana sensata en medio de las críticas hacia la funcionaria, quien también es mujer.

Entonces me pregunto: ¿por qué no reflexionar también sobre la realidad que ella plantea? ¿Por qué criticarla o invalidar su posición simplemente porque no se parece a la tuya? ¿Acaso no es también una mujer que ha conquistado espacios y cuya opinión merece ser escuchada?

Sí, soy mujer. Una mujer que entiende que las capacidades pueden llevarnos a donde queramos en nuestra sociedad actual. Una mujer que no necesita cuotas de género para cumplir social o políticamente, sino que confía en que las capacidades que desarrollamos nos conduzcan allí.

También soy una mujer que entiende que el género masculino tiene conquistas pendientes; que no somos iguales porque tenemos cualidades y aportes distintos desde nuestros roles, incluso biológicos. No es cuestión de superioridad o inferioridad. No somos iguales, y eso está bien.

Somos distintos (hasta nuestra forma de procesar la información es distinta), y ¡gracias a Dios! pero, eso no debería hacerme sentir amenazada como mujer, eso no nos da el derecho pisarlos para imponer una realidad particular (no la de todas las mujeres) como absoluta, la verdad se compone de muchas realidades que coexisten.

¿Su realidad?

Si, ser hombre en una sociedad como esta también es difícil, donde las mujeres quieren todo sin sacrificar nada, proveedores pero al mismo tiempo se le exige ser emocionalmente tan «asertivos» o «expresivos» como nosotras. Tienen sueños, deseos de hacer más, de ser más libres, reconocidos quizá, con luchas que nadie les ha enseñado a enfrentar y poco tiempo para sentarse a analizarlas mientras cumplen con el rol de proveer que hace que los «medio validen». Muchas veces olvidamos que también son seres humanos y que nosotras, las mujeres, aun en todo nuestro esplendor, no somos el “santo grial” con potestad de minimizar sus realidades.

Mujeres, no desvirtuemos quiénes somos por ir tras la cabeza de un rol que no nos corresponde. Porque aunque existen mujeres “todoterreno”, en la carrera de tenerlo todo y conquistarlo todo, muchas terminan agotadas, estresadas y consumidas… dejando de ocupar nuestros hermosos zapatos de tacón para para intentar quitárselos a alguien más que tiene un tamaño distinto y sus propias incomodidades, mismas que decidimos ignorar desde los nuestros.

Para concluir, quiero resaltar el don de la sabiduría de muchas mujeres, las que deciden su camino sin temor a lo que va a pensar la vecina en una sociedad donde hasta decidir dedicarse a ser madre es criticado dentro del mismo género… tener esa capacidad de dicernimiento, eso sí es un super poder en medio de las olas feministas donde si no tiras al suelo al hombre para enaltecer a la mujeres (tenga o no razón, se busca justificación) eres «machista», eres «antiguada», «amargada» y un sinnúmero de calificativos negativos que las aterrizan en doblemoralidad.

Felicidades a las sabias, determinadas y virtuosas, que honran y respetan a otras mujeres aún sean desconocidas, esas que enaltecen y pueden hacer brillar a otras sin sentirse menos, que no se dejan arrastrar por olas que invalidan otras realidades, convirtiendo la narrativa de las “víctimas eternas” en el centro del universo. Pasar de «oprimidas» a «opresoras» no es la respuesta, ni el camino.

Por mi parte, estoy feliz con todo lo que, como mujeres, hoy tenemos la libertad de elegir, conquistar y expresar. No tengo luchas pendientes, más allá de crear una conciencia general sobre muchas otras realidades que también merecen ser vistas.