Cómo los dominicanos dejamos de exigir comunidad y aprendimos a sobrevivir solos.


OPINIÓN, ANDRÉS A AYBAR BÁEZ PARA 7 SEGUNDOS MULTIMEDIA.- Hace unos días publiqué una reflexión sobre la excesiva división territorial de la República Dominicana. Un querido amigo me respondió con una frase tan sencilla como profunda:

“Peras al olmo pides, estimado… O para que suene criollo: aguacates al flamboyán.”

Confieso que la expresión me hizo sonreír. Sin embargo, mientras más la meditaba, más comprendía que reflejaba algo mucho más preocupante: la creciente desesperanza que parece haberse instalado entre nosotros los dominicanos.

Lo curioso es que esa reflexión sobre el país me llevó inmediatamente a observar lo que ocurre en una escala mucho más pequeña: mi propio sector de Gazcue.

Durante años he sostenido que Gazcue debería tener una sola junta de vecinos fuerte, representativa y con capacidad de convocatoria para enfrentar los problemas comunes. Sin embargo, hoy existen múltiples juntas de vecinos dentro del mismo sector. Y para mi sorpresa, recientemente fui visitado por personas que proponían subdividir aún más una de ellas para crear nuevas estructuras que representaran edificios específicos.

Es decir, mientras los problemas son cada vez más colectivos, las respuestas son cada vez más fragmentadas.

La explicación es sencilla: la gente ha dejado de confiar en las soluciones comunitarias porque durante décadas ha aprendido que debe resolver por sí misma lo que las instituciones no resuelven.

En mi propio edificio vivimos esa realidad diariamente.

Pagamos nuestra propia seguridad.

Compramos nuestras propias armas de protección.

Almacenamos agua en cisternas.

Perforamos pozos para cuando falla el acueducto.

Instalamos plantas eléctricas e inversores para cuando falla el servicio energético.

Y cuando llegan los problemas mayores de tránsito, inseguridad o deterioro urbano, muchos tienen una segunda residencia donde refugiarse los fines de semana para escapar del caos de la ciudad.

Cada solución individual parece razonable. El problema es que cuando millones de personas hacen exactamente lo mismo, terminan debilitando la solución colectiva.

Recuerdo cuando, ante la escasez de agua, numerosos usuarios instalaban bombas de succión directamente en las tuberías. Quien tenía más recursos obtenía más agua. Quien tenía menos recursos recibía menos presión o simplemente no recibía nada.

Era una solución privada que generaba un problema público.

Y esa misma lógica se ha extendido a muchos otros aspectos de nuestra vida nacional.

Los ciudadanos sustituyen al Estado.

Los condominios sustituyen a la seguridad pública.

Los pozos sustituyen al acueducto.

Las plantas sustituyen al sistema eléctrico.

Las juntas fragmentadas sustituyen la representación comunitaria.

Y mientras tanto, los responsables de resolver los problemas estructurales quedan liberados de la presión social necesaria para hacer su trabajo.

Esa es, quizás, la gran paradoja dominicana.

Somos extraordinariamente eficientes resolviendo problemas individuales y extraordinariamente deficientes resolviendo problemas colectivos.

Nos hemos convertido en expertos en sobrevivir, pero cada vez somos menos capaces de construir comunidad.

La consecuencia es visible en todas partes: territorios fragmentados, organizaciones divididas, esfuerzos dispersos y una ciudadanía que poco a poco abandona la idea de luchar por soluciones comunes.

Lo que comenzó como una estrategia de supervivencia terminó convirtiéndose en una cultura.

La cultura del “sálvese quien pueda”.

La cultura donde cada quien busca resolver lo suyo mientras los problemas generales continúan creciendo.

Por eso la discusión sobre las divisiones territoriales no es solamente un tema administrativo. Es un reflejo de una enfermedad más profunda: la pérdida de confianza en la acción colectiva.

Cuando una comunidad deja de creer en la comunidad, empieza a fragmentarse.

Cuando una ciudad deja de creer en la ciudad, comienza a arrabalizarse.

Y cuando una nación deja de creer en sus instituciones, termina reemplazándolas por miles de soluciones privadas que nunca resolverán los problemas públicos.

Tal vez mi amigo tenga razón y pedir cambios parezca tan difícil como pedir aguacates a un flamboyán.

Pero también es cierto que los pueblos que progresan son aquellos donde algunos ciudadanos insisten en sembrar árboles distintos, aunque les digan que nunca darán frutos.

La verdadera pregunta no es cuántas juntas de vecinos más vamos a crear, ni cuántas divisiones territoriales adicionales vamos a establecer.

La verdadera pregunta es cuándo volveremos a confiar en la fuerza de actuar juntos.

Porque ninguna sociedad puede construir un gran futuro si cada uno de sus ciudadanos vive refugiado en su propia solución.

La República Dominicana no necesita más fragmentación. Necesita volver a creer que los problemas colectivos se resuelven colectivamente. — Andrés Aybar Báez.